Una vez clara la posición política,
debo confesar que en los últimos días me ha parecido que Petro se ha convertido
en un director técnico de equipo de fútbol, (sólo le falta la sudadera) que a
raíz de sus malos resultados deportivos, y luego de una arbitraria sanción (no
por la sanción, sino por el tamaño de la misma) decide culpar a todos, convocar
a marchas, asumir posición de víctima y nunca, jamás, aceptar que no ha podido
ganar por falta de él, y no de los otros.
Dicen que para ser técnico se necesitan
3 fotos y ser terco. Petro, podría mandar las fotos y ya.
No sólo es terco, sino que
siempre tiene la excusa perfecta: La culpa no es de él, sino de los rivales
corruptos que por años han manejado el fútbol a su antojo y que no van a
permitir que un equipo chico, como el que él dirige ascienda y triunfe. La
culpa siempre está en el balón que nos tocó y no en el propio
Los errores del planteamiento se
deben a querer revolucionar el fútbol y a que los otros no lo dejan y se amangualan
con los periodistas deportivos y los dueños de los equipos para despotricar,
porque lo que hay detrás es una mafia que no quiere dejar que avance el toque
toque.
Si hay fallas, son porque el árbitro
está comprado, el fútbol está amañado y no le perdonan su pasado como volante
de marca en donde dio pata indiscrimandamente, como quien baja las tarifas de Transmilenio.
Si los grandes medios no muestran
sus goles, aunque sean en la derrota 4 a 3 en un partido amistoso, es porque no quieren dejar que sus
eximios delanteros, dignos del jardín botánico, sean vendidos al exterior. Y si
en cambio muestran a sus defensas mal paradas, todo lo hacen para generar una sensación
de caos.
Hasta los autogoles son producto
de la presión arbitraria de los grandes patrocinadores del futbol que se atrincheran en sus oficinas lujosas
para conspirar.
Y así, uno podría continuar,
mirando desde la tribuna y los micrófonos, como los únicos que le comen cuento
son los mismos que en unos meses lo olvidaran. Porque el fútbol y la vida son
iguales. Un día somos héroes, y al domingo siguiente villanos. Un día le damos
un título a un equipo, y al otro somos desempleados en el anonimato.
Puede que no sepa mucho de
política o de fútbol, pero he visto a muchos técnicos no aceptar sus fallas, no
asumir sus responsabilidades, y alebrestar a los hinchas en contra de los
árbitros, la Dimayor, los patrocinadores,
los rivales, etc.
Al final, siempre pasa lo mismo.
El técnico sale del equipo, deambula por otras instituciones, y al final se
convierte en un versero que cría caballos de paso, que va de equipo en equipo
sin gloria, que se pierde en la muchedumbre.
Los hinchas, que en el caso de Petro
viven un rato en carnaval, se cansaran tarde o temprano de la supuesta
persecución, de la imposibilidad de ver resultados y poco a poco se irán
alejando. No son hinchas de verdad, son seguidores de momentos: clasiqueros.
Empieza otro año y otro técnico vendrá
y sueñan –con el el alma intacta- que el sí les dará la estrella y les cumplirá
los sueños. Hoy sirven al siervo que fue rey, pero mañana servirán a otro rey.
El fútbol es un reflejo de la
vida. No hay mejor metáfora que un balón. Pero lo cierto, es que cuando uno
pierde los partidos, cuando solo un tercio de la hinchada está feliz y cree en
el equipo, cuando el descenso está a flor de piel, y cuando la ciudad – o el
equipo que se ama- no parece tomar rumbo, lo único que queda no es protestar,
sino exigir que el técnico sea parte de la solución, y no como en este caso, la
causa esencial del problema.
A acusar a otros, de que todos los goles anulados no estaban
en fuera de lugar…
@andresgomezv
@confesionesdeunhincha