Hay razones del corazón, que la cabeza no entiende. Ser hincha de Millos, por ejemplo. Pero hoy, luego de la derrota ante el Junior, soy más hincha que nunca. Más feliz, más comprometido. Más enamorado.
Sé que suena difícil entenderlo. Sé que suena a consuelo de tontos, pero creo que Millos ganó en este año algo más importante que un partido: recuperar su dignidad y el haber erradicado a los hampones que lo acabaron y que por años se lucraron del club.
Millonarios hoy es solo alegría, orgullo. Futuro, por encima de todo. No hay mucho más que decir, sólo que hoy me siento más azul que nunca, más orgulloso de pertenecer a este equipo, y más convencido de que pronto llegaran la copas.
Lo que se destruyó en años, no se puede recuperar en meses, pero Millonarios F.C casi lo logra. Ahora, sólo es cuestión de paciencia.
Hoy tengo el alma pintada de azul, aunque hay dolor en el alma, pero luego de la tristeza, se que en la reflexión, los hinchas encontrarán, - como yo- que hay guerras importantes que son las que hay que ganar, y batallas pequeñas que se pueden perder.
Millonarios ya ganó la guerra, y eso no nos lo puede quitar nadie.
Hoy me siento más azul que nunca. Más orgulloso.
Yo soy hincha siempre, pero en los momentos de dolor, lo soy aun más!
Twitter: AndresGomezV.
email: confesionesdeunhincha@yahoo.com
Diciembre 15 de 2011
CONFESIONES DE UN HINCHA
Desde pequeño me prometí ser hincha. Nada más que eso. Un mendigo del balón, del fútbol, un incondicional de Millos, un seguidor de jugadores talentosos, un vagabundo de estadios.
Confesiones de un hincha (2008)
La primera vez que fui a un estadio, a comienzos de la década de los 80, tomado de la mano de mi padre, sentí una extraña sensación en el cuerpo y en el alma que me cambió para siempre. Sin saberlo, me había contagiado de la enfermedad del fútbol.
Mientras entraba a ese estadio que se me hizo inmenso, y mientras miraba a lo lejos a los jugadores, descubrí que la pasión era contagiosa, que no había cura contra los goles, que no había mayor creatividad que una gambeta en las cinco con cincuenta, que no había mayor alegría que un gol, que no había mejor compañera que la pelota, y que la soledad era un 3-0 en contra.
Desde entonces me prometí ser hincha. Nada más que eso. Un mendigo del balón, del fútbol, un incondicional de Millos, un seguidor de jugadores talentosos, un vagabundo de estadios. Desde entonces siento que mi sangre es azul, y lo digo orgulloso, porque ese primer día que fui al estadio me enamoré y le entregue para siempre, en un pacto silencioso, mi pequeña alma a un equipo.
Hoy, casi 26 años después de ese primer amor, sigo enamorado del fútbol, del equipo, -aunque me molesten sus dirigentes –los grandes y los chiquis-, aunque me haya salido callo de tanto esperar, y aunque la enfermedad del fútbol no haya sino empeorado.
Soy ante todo un hincha, y estas son mis confesiones. Jugué por años al fútbol, aunque cuatro operaciones de rodilla me hayan convidado al banco de suplentes para siempre. Soñé, con algún día vestir una camiseta de un equipo, ser famoso aunque fuera por tan sólo 5 minutos con un gol; ser héroe, ángel o demonio en una cancha, pero resultó que la mano escribía mejor de lo que jugaba el pie. En algún momento me dedique al periodismo, pero descubrí que lo que amaba era contar historias y no perseguir una chiva.
Por ello, y por sentirme incompleto, incomodo, frustrado, como luego de botar un penal decisivo, decidí todos los días, como parte de un ritual, de mi ritual, buscar en el fútbol mi paraíso.
Desde entonces lo sigo día y noche, y no me importa, la verdad, que al día siguiente siga con las costillas intactas. El fútbol es, ha sido, y será mi primer amor, y por eso a él le entrego todo y no le pido nada. Por eso le profeso cariño y lo respeto como en cualquier religión.
Creo que el marcador es una anécdota del partido, y a que aunque todos queremos ganar, eso no es lo que motiva a mirar un juego. Creo que uno solo puede ser hincha de un equipo, y que lo otro es infidelidad. Creo que se puede mirar cualquier partido, sin importar quien lo juegue. Creo que hay mirar los goles y las jugadas una y otra vez, hasta el cansancio, por el solo placer de la emoción; y aunque me gusta la táctica y la estrategia, disfruto un túnel o una gambeta mucho más, aunque sea inocua, aunque solo sirva para el aplauso.
Sospecho, de verdad sospecho, de los que no les gusta el fútbol, me parecen seres raros y sin duda con algún problema. Voy al estadio, siempre, porque allí es donde el evangelio se hace realidad. Aunque me parece bien ver fútbol por televisión, se que no hay nada como estar en las gradas y abrazar a un desconocido cuando se hace un gol. Cuando visitó una ciudad, conozco primero el estadio que la catedral, al fin y al cabo dios está en todas partes.
Creo en el talento de los jugadores y desconfío de los dirigentes. Me divierto recordando tardes
de emoción, y me aburro con el 0-0.
No creo en los hinchas que se pintan el cuerpo, pero que no llevan el equipo tatuado en el alma. Desconfió de los que se llaman así pero sólo van cuando el equipo está en el tope de la tabla. No me gustan los que escogen partidos, los que insultan a los jugadores, los que se creen técnicos desde la raya. Los que aman con odio. Me gustan los que son fieles, constantes, los que saben que los jugadores y dirigentes pasan, pero que los equipos quedan, los que se les rompe el alma en cada derrota, pero igual asisten y gritan más al domingo siguiente...
El fútbol ha sido mi principio y mi fin. Explico casi todo lo que pasa en mi vida por medio de un balón. Recuerdo jugadores y recito alineaciones, valoro la amistad de los que los he conocido en un cancha, y espero que mi hijos, sin importar su sexo, sean volantes, delanteros y por lo menos uno sea un 10.
Esta columna es un reflejo de eso, de lo que es ser hincha. Una voz en medio de la multitud, como cuando hay un gol visitante en un estadio colmado y solo se oye el grito de los jugadores y del hincha que viajó seis horas para estar con ellos. Esta columna es una opción para mirar el fútbol con corazón y cabeza, como cuando un gruñón, con la camisa 6, mal encarado, sin afeitar, se le acerca a uno por la espalda listo a romperle la tibia, y un túnel es lo único que uno puede darle como respuesta.
Estas son mis confesiones, las confesiones de un hincha…
Mientras entraba a ese estadio que se me hizo inmenso, y mientras miraba a lo lejos a los jugadores, descubrí que la pasión era contagiosa, que no había cura contra los goles, que no había mayor creatividad que una gambeta en las cinco con cincuenta, que no había mayor alegría que un gol, que no había mejor compañera que la pelota, y que la soledad era un 3-0 en contra.
Desde entonces me prometí ser hincha. Nada más que eso. Un mendigo del balón, del fútbol, un incondicional de Millos, un seguidor de jugadores talentosos, un vagabundo de estadios. Desde entonces siento que mi sangre es azul, y lo digo orgulloso, porque ese primer día que fui al estadio me enamoré y le entregue para siempre, en un pacto silencioso, mi pequeña alma a un equipo.
Hoy, casi 26 años después de ese primer amor, sigo enamorado del fútbol, del equipo, -aunque me molesten sus dirigentes –los grandes y los chiquis-, aunque me haya salido callo de tanto esperar, y aunque la enfermedad del fútbol no haya sino empeorado.
Soy ante todo un hincha, y estas son mis confesiones. Jugué por años al fútbol, aunque cuatro operaciones de rodilla me hayan convidado al banco de suplentes para siempre. Soñé, con algún día vestir una camiseta de un equipo, ser famoso aunque fuera por tan sólo 5 minutos con un gol; ser héroe, ángel o demonio en una cancha, pero resultó que la mano escribía mejor de lo que jugaba el pie. En algún momento me dedique al periodismo, pero descubrí que lo que amaba era contar historias y no perseguir una chiva.
Por ello, y por sentirme incompleto, incomodo, frustrado, como luego de botar un penal decisivo, decidí todos los días, como parte de un ritual, de mi ritual, buscar en el fútbol mi paraíso.
Desde entonces lo sigo día y noche, y no me importa, la verdad, que al día siguiente siga con las costillas intactas. El fútbol es, ha sido, y será mi primer amor, y por eso a él le entrego todo y no le pido nada. Por eso le profeso cariño y lo respeto como en cualquier religión.
Creo que el marcador es una anécdota del partido, y a que aunque todos queremos ganar, eso no es lo que motiva a mirar un juego. Creo que uno solo puede ser hincha de un equipo, y que lo otro es infidelidad. Creo que se puede mirar cualquier partido, sin importar quien lo juegue. Creo que hay mirar los goles y las jugadas una y otra vez, hasta el cansancio, por el solo placer de la emoción; y aunque me gusta la táctica y la estrategia, disfruto un túnel o una gambeta mucho más, aunque sea inocua, aunque solo sirva para el aplauso.
Sospecho, de verdad sospecho, de los que no les gusta el fútbol, me parecen seres raros y sin duda con algún problema. Voy al estadio, siempre, porque allí es donde el evangelio se hace realidad. Aunque me parece bien ver fútbol por televisión, se que no hay nada como estar en las gradas y abrazar a un desconocido cuando se hace un gol. Cuando visitó una ciudad, conozco primero el estadio que la catedral, al fin y al cabo dios está en todas partes.
Creo en el talento de los jugadores y desconfío de los dirigentes. Me divierto recordando tardes
de emoción, y me aburro con el 0-0.
No creo en los hinchas que se pintan el cuerpo, pero que no llevan el equipo tatuado en el alma. Desconfió de los que se llaman así pero sólo van cuando el equipo está en el tope de la tabla. No me gustan los que escogen partidos, los que insultan a los jugadores, los que se creen técnicos desde la raya. Los que aman con odio. Me gustan los que son fieles, constantes, los que saben que los jugadores y dirigentes pasan, pero que los equipos quedan, los que se les rompe el alma en cada derrota, pero igual asisten y gritan más al domingo siguiente...
El fútbol ha sido mi principio y mi fin. Explico casi todo lo que pasa en mi vida por medio de un balón. Recuerdo jugadores y recito alineaciones, valoro la amistad de los que los he conocido en un cancha, y espero que mi hijos, sin importar su sexo, sean volantes, delanteros y por lo menos uno sea un 10.
Esta columna es un reflejo de eso, de lo que es ser hincha. Una voz en medio de la multitud, como cuando hay un gol visitante en un estadio colmado y solo se oye el grito de los jugadores y del hincha que viajó seis horas para estar con ellos. Esta columna es una opción para mirar el fútbol con corazón y cabeza, como cuando un gruñón, con la camisa 6, mal encarado, sin afeitar, se le acerca a uno por la espalda listo a romperle la tibia, y un túnel es lo único que uno puede darle como respuesta.
Estas son mis confesiones, las confesiones de un hincha…
Publicadas por
Andrés Gómez V.
Hay que creer (2004)
La memoria sirve para ahuyentar a los fantasmas del presente. Evocar los recuerdos es traer a la realidad esos tiempos pasados que nos dieron, en algunos casos, felicidad. Los años ochenta, por poner tan sólo un ejemplo, fue la época en la cual muchos nos hicimos hinchas del equipo azul porque nos enamoramos, mientras crecíamos, de jugadores como Vivalda, Funes, Van Tuyne, Iguarán, Estrada, Vanemerak, entre muchos otros.
Ellos nos hicieron querer a un equipo, a una institución, a una tradición triunfadora y nos hicieron prometer, en silencio, que así ellos no jugaran, igual seguiríamos apoyando al equipo. Ellos nos bautizaron hinchas y nos iniciaron como creyentes. Ellos nos dieron las razones que luego Millonarios nos confirmó.
Mi primer ídolo se llamó Alberto Pedro Vivalda y defendió el equipo con su uniforme blanco y su cachucha, haciendo unas atajadas que competían en mi imaginación con los vuelos de superman. Ver a Vivalda en el arco azul no sólo me llenaba de seguridad, sino que garantizaba el espectáculo. Verlo sacar con una mano, por detrás de la espalda, es un recuerdo que nunca quiero abandonar, un simple gesto que hizo mi infancia, y mi vida, mucho mejor. Un simple gesto que mostraba la grandeza de un equipo que empezaba desde su portero. Su muerte, cuando la tristeza lo llevó a lanzarse a un tren, fue también un poco mi muerte.
A Juan Gilberto Funes, el bufalo, lo vi hacer dos goles en su primeros partidos y luego pasar una temporada larga para los hinchas, y eterna para él, sin marcar goles. Luego cuando salió del letargo, cuando venció en gambeta al maleficio, cuando encaró a la realidad y se cansó de convertir de todas las formas posibles, yo aprendí lo que era tener un goleador en el equipo y salir afónico de un estadio de gritar tanto la palabra gol. Al bufalo lo recuerdo cada domingo cuando veo a un delantero en mala racha, cuando veo al equipo no poder triunfar. Su victoria, sobre el maleficio, me hace creer en los milagros.
Alejandro Esteban Barberón, fue durante mucho tiempo el hombre que corría más rápido que el viento. El delantero al que nada lo detenía. Como a Millonarios. Cuando Barberón arrancaba sólo le podía seguir el ritmo Arnoldo Iguarán, otro puntero que demolía a las defensas con su velocidad. Entre los dos, Barberón y el guajaro, vi hacer más goles que nunca. Entre los dos, con esa velocidad que tenían en las piernas, con esa potencia que tenían en el disparo, comprendí que el fútbol es un cambio de ritmo, pero que en ellos era una aceleración a fondo que sólo terminaba, que sólo frenaba, cuando se celebraba un gol. Ellos me dieron goles como razones para querer al azul. Ellos me enseñaron que una vez que se arranca no se puede frenar y que Millonarios arrancó hace mucho tiempo.
Pero también hubo otros, como La Gambeta Estrada, que me hicieron entender que Millonarios era diversión. Su talento con los pies, con la cabeza, con su alma, hacían que el balón se divirtiera sobre su cuerpo y sólo siguiera sus órdenes. El gol contra Nacional, cuando llevó el esférico sobre su cabeza por toda el área rival, le dan un espacio en la titular de los recuerdos. Nunca he visto un gol como eso. Nunca he podido ni siquiera soñarlo, pero lo cierto es que la Gambeta me inculcó el amor por el juego.
Ellos, goleadores innatos, artistas del balón, jugadores insignias, surgieron a la par de otros que representan y recuerdan esa época de los 80, cuando un segundo puesto era una frustración. Ellos nos hicieron hinchas de un equipo ganador y que pelea siempre títulos.
Mario Vanemerak, Eduardo Pimentel, Germán Morales, por poner otro ejemplo, se encargaron desde el medio campo de comprar un terreno en El Campín, y en otros estadios, dónde era prohibido para los rivales pasar. Ellos sintieron la camiseta azul y se la hicieron sentir a los rivales. Con Millonarios no se juega. Ellos, como los defensas centrales Prince, Norberto Molina, o El Huevo Gil, le dieron al equipo una altura que no venía con el tamaño sino con la calidad, y exigieron un respeto que no se puede dejar perder.
Hoy, cuando la voluntad existe y la esperanza es un acto de fe que debe estar respaldado por triunfos, es muy importante que todos los hinchas miremos atrás. Nombres como Trobianni, Espíndola, Rubencho, Wilmer Cabrera, Pelufo, Carlos Ángel López, entre otros, nos deben llevar a mejores épocas. Nos deben hacer recordar el cómo y el por qué nos hicimos azules.
Cada uno tiene sus ídolos. Cada uno tiene su acto de fe. Cada uno tiene su década. Lo cierto es que a la historia de Millonarios hay que ayudarle a construir su historia. Por eso el deber de todos los hinchas, por el respeto que se merecen los ídolos que no hicieron creer en el equipo, es no negarle la ayuda al equipo, es no dejar de creer nunca en él, es querer siempre ganar.
Apoyar ahora al equipo, cuando las cosas no van bien, cuando se esta entre el abismo y la clasificación, es rendirle un homenaje a esos sueños que desde 1948 nos han dado razones para no morir en el intento.
Creer ahora en Millonarios es creer en la esperanza, es decirle a los ídolos que ellos, con sus actos, nos enseñaron a respetar a una camiseta y que ese amor que nos inculcaron no va a morir por una mala época, por un mal rato, porque es un amor que va más allá del propio tiempo. Creer ahora en Millonarios, aunque suene ilógico, es creer que aunque todo tiempo pasado fue mejor, siempre en cada temporada habrá de nuevo la oportunidad de encontrar un ídolo y que cada día, a pesar de todo, traerá un nuevo hincha azul.
Ellos nos hicieron querer a un equipo, a una institución, a una tradición triunfadora y nos hicieron prometer, en silencio, que así ellos no jugaran, igual seguiríamos apoyando al equipo. Ellos nos bautizaron hinchas y nos iniciaron como creyentes. Ellos nos dieron las razones que luego Millonarios nos confirmó.
Mi primer ídolo se llamó Alberto Pedro Vivalda y defendió el equipo con su uniforme blanco y su cachucha, haciendo unas atajadas que competían en mi imaginación con los vuelos de superman. Ver a Vivalda en el arco azul no sólo me llenaba de seguridad, sino que garantizaba el espectáculo. Verlo sacar con una mano, por detrás de la espalda, es un recuerdo que nunca quiero abandonar, un simple gesto que hizo mi infancia, y mi vida, mucho mejor. Un simple gesto que mostraba la grandeza de un equipo que empezaba desde su portero. Su muerte, cuando la tristeza lo llevó a lanzarse a un tren, fue también un poco mi muerte.
A Juan Gilberto Funes, el bufalo, lo vi hacer dos goles en su primeros partidos y luego pasar una temporada larga para los hinchas, y eterna para él, sin marcar goles. Luego cuando salió del letargo, cuando venció en gambeta al maleficio, cuando encaró a la realidad y se cansó de convertir de todas las formas posibles, yo aprendí lo que era tener un goleador en el equipo y salir afónico de un estadio de gritar tanto la palabra gol. Al bufalo lo recuerdo cada domingo cuando veo a un delantero en mala racha, cuando veo al equipo no poder triunfar. Su victoria, sobre el maleficio, me hace creer en los milagros.
Alejandro Esteban Barberón, fue durante mucho tiempo el hombre que corría más rápido que el viento. El delantero al que nada lo detenía. Como a Millonarios. Cuando Barberón arrancaba sólo le podía seguir el ritmo Arnoldo Iguarán, otro puntero que demolía a las defensas con su velocidad. Entre los dos, Barberón y el guajaro, vi hacer más goles que nunca. Entre los dos, con esa velocidad que tenían en las piernas, con esa potencia que tenían en el disparo, comprendí que el fútbol es un cambio de ritmo, pero que en ellos era una aceleración a fondo que sólo terminaba, que sólo frenaba, cuando se celebraba un gol. Ellos me dieron goles como razones para querer al azul. Ellos me enseñaron que una vez que se arranca no se puede frenar y que Millonarios arrancó hace mucho tiempo.
Pero también hubo otros, como La Gambeta Estrada, que me hicieron entender que Millonarios era diversión. Su talento con los pies, con la cabeza, con su alma, hacían que el balón se divirtiera sobre su cuerpo y sólo siguiera sus órdenes. El gol contra Nacional, cuando llevó el esférico sobre su cabeza por toda el área rival, le dan un espacio en la titular de los recuerdos. Nunca he visto un gol como eso. Nunca he podido ni siquiera soñarlo, pero lo cierto es que la Gambeta me inculcó el amor por el juego.
Ellos, goleadores innatos, artistas del balón, jugadores insignias, surgieron a la par de otros que representan y recuerdan esa época de los 80, cuando un segundo puesto era una frustración. Ellos nos hicieron hinchas de un equipo ganador y que pelea siempre títulos.
Mario Vanemerak, Eduardo Pimentel, Germán Morales, por poner otro ejemplo, se encargaron desde el medio campo de comprar un terreno en El Campín, y en otros estadios, dónde era prohibido para los rivales pasar. Ellos sintieron la camiseta azul y se la hicieron sentir a los rivales. Con Millonarios no se juega. Ellos, como los defensas centrales Prince, Norberto Molina, o El Huevo Gil, le dieron al equipo una altura que no venía con el tamaño sino con la calidad, y exigieron un respeto que no se puede dejar perder.
Hoy, cuando la voluntad existe y la esperanza es un acto de fe que debe estar respaldado por triunfos, es muy importante que todos los hinchas miremos atrás. Nombres como Trobianni, Espíndola, Rubencho, Wilmer Cabrera, Pelufo, Carlos Ángel López, entre otros, nos deben llevar a mejores épocas. Nos deben hacer recordar el cómo y el por qué nos hicimos azules.
Cada uno tiene sus ídolos. Cada uno tiene su acto de fe. Cada uno tiene su década. Lo cierto es que a la historia de Millonarios hay que ayudarle a construir su historia. Por eso el deber de todos los hinchas, por el respeto que se merecen los ídolos que no hicieron creer en el equipo, es no negarle la ayuda al equipo, es no dejar de creer nunca en él, es querer siempre ganar.
Apoyar ahora al equipo, cuando las cosas no van bien, cuando se esta entre el abismo y la clasificación, es rendirle un homenaje a esos sueños que desde 1948 nos han dado razones para no morir en el intento.
Creer ahora en Millonarios es creer en la esperanza, es decirle a los ídolos que ellos, con sus actos, nos enseñaron a respetar a una camiseta y que ese amor que nos inculcaron no va a morir por una mala época, por un mal rato, porque es un amor que va más allá del propio tiempo. Creer ahora en Millonarios, aunque suene ilógico, es creer que aunque todo tiempo pasado fue mejor, siempre en cada temporada habrá de nuevo la oportunidad de encontrar un ídolo y que cada día, a pesar de todo, traerá un nuevo hincha azul.
Publicadas por
Andrés Gómez V.
El adiós de un ídolo (2004)
En las canchas de toda Colombia, pero sobre todo en las de Manizales, el rumor de gol ya no se escucha tan nítido y claro como antes. El balón en las cinco con cincuenta ha perdido quien lo deje, con toda seguridad, inerte contra las mallas. La certeza del gol se ha ido para otra liga y con ello todos los que gritamos desde una tribuna hemos quedado un poco huérfanos. El adiós de Sergio Galván Rey del fútbol colombiano significa la perdida de un ídolo, como los de antes, en el que primó la dignidad, el profesionalismo y la entrega.
Este argentino, nacionalizado hace poco colombiano y casado con una manizaleña, él mismo que apareció reseñado en la prensa como el goleador histórico del Once Caldas, que hizo más de 160 goles en el país, que marcó dos veces cinco goles en un partido, que fue goleador del torneo en 1999, que gambeteó a los incrédulos y que se convirtió en ídolo, es tal vez el último de los grandes artistas extranjeros que vinieron al fútbol colombiano a escribir historia, a dejar huella y a enseñarnos un poco de fútbol.
Hoy los hinchas del fútbol colombiano sabemos que hemos perdido la oportunidad de ver cada domingo a un goleador, de esos escasos, dando cátedra en el área chica, definiendo con frialdad a la salida de un arquero, desmarcándose en diagonal para anticipar a la defensa, y celebrando y celebrando en cada partido. Hoy, los hinchas del fútbol nacional, hemos perdido la certeza de saber que Galván Rey hará un gol.
Como hinchas de otros equipos distintos al Once Caldas, como consagrados y confesos seguidores de otros colores, el ver a Galván en el equipo contrario generaba un pequeño escalofrío, una inseguridad propia de quien sabe que su equipo se enfrentaba a uno que tenía a un verdadero goleador.
Galván me amargó muchas tardes azules, convirtiéndole a Millos goles decisivos, silenciando al Estadio El Campín, como a otros tantos (le marcó goles a todos los equipos profesionales), y dejando un pequeño odio que luego se transformaba en admiración cuando uno lo veía definir. Quien diga que a su equipo Galván no le hizo gol, o no le amargó una tarde, y luego lo despidió con el aplauso, es un cobarde que sólo defiende el fútbol propio y no se deslumbra ante el talento ajeno.
Galván Rey fue uno de esos jugadores que terminan convirtiéndose en ídolos con el paso del tiempo. Siempre que se le necesitaba, siempre que el marcador estaba difícil y el balón se negaba a entrar, aparecía este hombre con su número nueve para desequilibrar la tarde, para sacarle una sonrisa al más incrédulo de todos.
Además, nunca fue de esos jugadores creídos, agrandados, que creen que basta con un nombre y una nacionalidad para hacer historia. Galván fue un buen ser humano, entregado al fútbol y alejado de los escándalos, un futbolista que fue de menos a más. Pasó del anonimato de quien viene a buscar fortuna, a ser un ídolo seguido por muchos. Su decencia, su clase, su respeto por el país, le abrieron el camino, pero fueron sus gambetas y sus goles los que lo consagraron.
Por eso hoy, después de la Semana Santa, le escribo estas palabras, por eso lo respeto, porque él, y sólo él, hizo que miles de niños en las calles de Manizales, en los rincones del país, se pidieran ser él en un partido de barrio, en un picadito en la escuela, en un metegol tapa de la infancia. Él hizo que muchos soñaron con ser el nueve blanco. Galván hizo renacer la palabra ídolo en muchos que se habían embocado en el equivocado y que creían que la camisa de ídolo la vendían en una esquina para ponérsela una sola tarde.
Él no fue héroe de un domingo, él no fue un goleador de una tarde, él no fue capricho de un técnico; Galván fue, sobre todo, un goleador innato que descubrió en Colombia, por más de ocho años, la capacidad de poner a un estadio a gritar gol o a guardar silencio.
A Sergio Alejandro Galván Rey hay que despedirlo como lo que fue: un ídolo, porque hacer que el gol no fuera una probabilidad sino una certeza, es un lujo que pocos se pueden dar en el mundo. En nombre de muchos hinchas, en nombre de quienes aun nos deleitamos con un gol, así sea contra el equipo que amamos, muchas gracias a este hombre que demostró que los buenos jugadores pueden surgir una tarde en cualquier esquina, pero que sólo los ídolos se mantienen por siempre…
Este argentino, nacionalizado hace poco colombiano y casado con una manizaleña, él mismo que apareció reseñado en la prensa como el goleador histórico del Once Caldas, que hizo más de 160 goles en el país, que marcó dos veces cinco goles en un partido, que fue goleador del torneo en 1999, que gambeteó a los incrédulos y que se convirtió en ídolo, es tal vez el último de los grandes artistas extranjeros que vinieron al fútbol colombiano a escribir historia, a dejar huella y a enseñarnos un poco de fútbol.
Hoy los hinchas del fútbol colombiano sabemos que hemos perdido la oportunidad de ver cada domingo a un goleador, de esos escasos, dando cátedra en el área chica, definiendo con frialdad a la salida de un arquero, desmarcándose en diagonal para anticipar a la defensa, y celebrando y celebrando en cada partido. Hoy, los hinchas del fútbol nacional, hemos perdido la certeza de saber que Galván Rey hará un gol.
Como hinchas de otros equipos distintos al Once Caldas, como consagrados y confesos seguidores de otros colores, el ver a Galván en el equipo contrario generaba un pequeño escalofrío, una inseguridad propia de quien sabe que su equipo se enfrentaba a uno que tenía a un verdadero goleador.
Galván me amargó muchas tardes azules, convirtiéndole a Millos goles decisivos, silenciando al Estadio El Campín, como a otros tantos (le marcó goles a todos los equipos profesionales), y dejando un pequeño odio que luego se transformaba en admiración cuando uno lo veía definir. Quien diga que a su equipo Galván no le hizo gol, o no le amargó una tarde, y luego lo despidió con el aplauso, es un cobarde que sólo defiende el fútbol propio y no se deslumbra ante el talento ajeno.
Galván Rey fue uno de esos jugadores que terminan convirtiéndose en ídolos con el paso del tiempo. Siempre que se le necesitaba, siempre que el marcador estaba difícil y el balón se negaba a entrar, aparecía este hombre con su número nueve para desequilibrar la tarde, para sacarle una sonrisa al más incrédulo de todos.
Además, nunca fue de esos jugadores creídos, agrandados, que creen que basta con un nombre y una nacionalidad para hacer historia. Galván fue un buen ser humano, entregado al fútbol y alejado de los escándalos, un futbolista que fue de menos a más. Pasó del anonimato de quien viene a buscar fortuna, a ser un ídolo seguido por muchos. Su decencia, su clase, su respeto por el país, le abrieron el camino, pero fueron sus gambetas y sus goles los que lo consagraron.
Por eso hoy, después de la Semana Santa, le escribo estas palabras, por eso lo respeto, porque él, y sólo él, hizo que miles de niños en las calles de Manizales, en los rincones del país, se pidieran ser él en un partido de barrio, en un picadito en la escuela, en un metegol tapa de la infancia. Él hizo que muchos soñaron con ser el nueve blanco. Galván hizo renacer la palabra ídolo en muchos que se habían embocado en el equivocado y que creían que la camisa de ídolo la vendían en una esquina para ponérsela una sola tarde.
Él no fue héroe de un domingo, él no fue un goleador de una tarde, él no fue capricho de un técnico; Galván fue, sobre todo, un goleador innato que descubrió en Colombia, por más de ocho años, la capacidad de poner a un estadio a gritar gol o a guardar silencio.
A Sergio Alejandro Galván Rey hay que despedirlo como lo que fue: un ídolo, porque hacer que el gol no fuera una probabilidad sino una certeza, es un lujo que pocos se pueden dar en el mundo. En nombre de muchos hinchas, en nombre de quienes aun nos deleitamos con un gol, así sea contra el equipo que amamos, muchas gracias a este hombre que demostró que los buenos jugadores pueden surgir una tarde en cualquier esquina, pero que sólo los ídolos se mantienen por siempre…
Publicadas por
Andrés Gómez V.
El Pibe, un pequeño dios
Al Pibe lo vi hacer jugadas mágicas, como un mago con su cubilete que descresta a un público que se ha acercado para verlo y que a pesar de saber de la magia no puede sino aplaudir, incrédulo, ante lo que acaba de suceder en sus propios ojos.
El Pibe tuvo ese talento único que sólo los grandes poseen para poner el balón en el lugar y en el tiempo perfecto, pequeño dios, y retar a duelo a una tribuna que no creía en lo imposible hasta que lo veía jugar.
El primer recuerdo que tengo de él, de su cabellera ensortijada, fue vestido con la camiseta de Millonarios, golpeando el piso, maldiciendo su suerte, en un tarde bogotana de 1984. Un compañero suyo, a quien el tiempo me ha hecho olvidar, le acababa de negar un claro pase gol en las cinco con cincuenta. Carlos Valderrama, por entonces un samario más en la capital, había conocido el egoísmo en pleno partido.
Nunca lo olvidaré, como un niño pequeño, descargando su furia contra el césped. Ese día, cuando aún jugaba con la camisa por fuera, y las medias abajo, su sello por entonces, lo vi sufrir como nunca en un campo de juego. Él quería la fama de los goleadores, el quería acaparar los titulares de la prensa al día siguiente al marcar un gol, pero quiso el destino, ese mismo que lo haría triunfar en medio mundo, que esa tarde quizá replanteara su juego.
Yo creo que ese día el Pibe entendió que era más hermoso entregarle el balón de gol a un compañero que hacer el mismo la anotación. Ese día, estoy seguro, el Pibe se hizo una promesa que cumplió: jamás le negaría el balón de gol a un compañero.
Por eso creo que lo he visto celebrar pocos goles, uno ante Argentina, otro de cabeza ante Chile y unos más en la MSL, pero en cambio lo he visto hasta el cansancio poner balones de gol. Si algo le debe el fútbol mundial a Valderrama es haberlo hecho más amistoso, menos egoísta, menos indiferente y más caritativo, más generoso, más fraternal.
Para mí el fútbol mundial tiene una deuda con el Pibe. Alguna vez un técnico afirmó de Valderrama que era el perfume del fútbol y no se equivocó, pero no porque impregnara el balón con su talento, sino porque logró que ese olor, que esa capacidad, que salía del guante que usaba por guayo, en cada pase, no muriera nunca.
Hoy cuando veo a un jugador hacer un pase magistral de gol, no puedo sino pensar en esa remota tarde cuando el destino quiso que de pronto un mediocre volante se convirtiera en un excelso jugador. Hoy cuando recuerdo al Pibe y le rindo homenaje, no puedo sino sonreír porque él, pequeño dios, venció para siempre al egoísmo a punta de fútbol.
Especial para www.colombia.com
El Pibe tuvo ese talento único que sólo los grandes poseen para poner el balón en el lugar y en el tiempo perfecto, pequeño dios, y retar a duelo a una tribuna que no creía en lo imposible hasta que lo veía jugar.
El primer recuerdo que tengo de él, de su cabellera ensortijada, fue vestido con la camiseta de Millonarios, golpeando el piso, maldiciendo su suerte, en un tarde bogotana de 1984. Un compañero suyo, a quien el tiempo me ha hecho olvidar, le acababa de negar un claro pase gol en las cinco con cincuenta. Carlos Valderrama, por entonces un samario más en la capital, había conocido el egoísmo en pleno partido.
Nunca lo olvidaré, como un niño pequeño, descargando su furia contra el césped. Ese día, cuando aún jugaba con la camisa por fuera, y las medias abajo, su sello por entonces, lo vi sufrir como nunca en un campo de juego. Él quería la fama de los goleadores, el quería acaparar los titulares de la prensa al día siguiente al marcar un gol, pero quiso el destino, ese mismo que lo haría triunfar en medio mundo, que esa tarde quizá replanteara su juego.
Yo creo que ese día el Pibe entendió que era más hermoso entregarle el balón de gol a un compañero que hacer el mismo la anotación. Ese día, estoy seguro, el Pibe se hizo una promesa que cumplió: jamás le negaría el balón de gol a un compañero.
Por eso creo que lo he visto celebrar pocos goles, uno ante Argentina, otro de cabeza ante Chile y unos más en la MSL, pero en cambio lo he visto hasta el cansancio poner balones de gol. Si algo le debe el fútbol mundial a Valderrama es haberlo hecho más amistoso, menos egoísta, menos indiferente y más caritativo, más generoso, más fraternal.
Para mí el fútbol mundial tiene una deuda con el Pibe. Alguna vez un técnico afirmó de Valderrama que era el perfume del fútbol y no se equivocó, pero no porque impregnara el balón con su talento, sino porque logró que ese olor, que esa capacidad, que salía del guante que usaba por guayo, en cada pase, no muriera nunca.
Hoy cuando veo a un jugador hacer un pase magistral de gol, no puedo sino pensar en esa remota tarde cuando el destino quiso que de pronto un mediocre volante se convirtiera en un excelso jugador. Hoy cuando recuerdo al Pibe y le rindo homenaje, no puedo sino sonreír porque él, pequeño dios, venció para siempre al egoísmo a punta de fútbol.
Especial para www.colombia.com
Publicadas por
Andrés Gómez V.
El “tiro” Asprilla y el “pelioso” Castro (2003)
El filósofo florentino Nicolás de Maquiavelo nunca jugó al fútbol. Sin embargo, su fin sigue justificando los medios. La mafia colombiana, si que jugó al fútbol y sí que permeó a la sociedad. Su medio fue comprar a todo aquel que se vendiera, y matar a todo aquel que no lo hiciera.
El martes pasado, Fernando “el Pelioso” Castro pateó un balón que no debía, jaló del pelo a un jugador del River y generó una pelea que fue grotesca. El día anterior el talentoso Faustino “el tiro” Asprilla decidió alegrar a sus compañeros de equipo haciendo dos disparos al aire, con balas de salva, en medio de un entrenamiento. Unos días antes el calidoso, Mayer Candelo, se quitó con rabia la camiseta de Millonarios y la pisoteó después de recibir algunos y esporádicos insultos.
Lo raro de esto no es el acto, al fin y al cabo, los futbolista y técnicos son seres humanos que en el calor del partido, o en la emoción del fútbol, no logran controlar en todos los casos sus emociones y terminan actuando irracionalmente, absurdamente, llevados por las pasiones.
Lo que molesta y lo que no está bien, es que tiempo después, o minutos después, con la cabeza fría, con el alma tranquila, no se acepten la faltas, no se acepten los errores y, en cambio, se vanaglorien de ellas y las esgriman, ante la complicidad de muchos, como parte de la malicia indígena, como un acto de alegría o como una respuesta lógica a las críticas de la hinchada.
Lo que molesta, es que no sea la primera vez que lo hacen, que no aprendan del pasado y que, en cambio, se sientan orgullosos de sus actos. Castro lo ha hecho una y otra vez, siempre saliéndose de casillas, ofendiendo a Elkin Murillo, y haciendo trampas en sus épocas de jugador. Asprilla también, pateando buses, agrediendo periodistas, etcétera etcétera, etcétera. Y Mayer...
Uno juega como es. Uno es en la cancha como es en la realidad en la vida. El fútbol es el reflejo de una sociedad, de sus males y de sus virtudes, y la verdad algo debe estar muy mal para que se premie la maña, al trampa, lo ilógico en una sociedad. Acá cuando los delanteros se inventan penaltis fantasmas en el área, son talentosos; cuando se hace un gol con la mano y nadie se da cuenta, el delantero es un virtuoso; cuando se dopan los jugadores y no caen en las pruebas, son habilidosos. Acá lo importante no es la falta, sino que no lo cojan a uno en ella. No es la trampa, sino la impunidad de la misma.
Nuestra Malicia Indígena, tan nombrada en estos días, dicen los historiadores, no fue otra cosa que la capacidad de los indígenas de evitar su aniquilamiento por parte de los españoles, inventándose historias como las de Laguna de Guatavita en la cual el cacique se sumergía en oro. Con esa malicia buscaban sobrevivir, evitar el aniquilamiento y postergar una cultura, no ganar un partido, que de por sí ya se ganaba con talento, ni hacer que los compañeros se alegraran, ni nada por el estilo.
Seamos serios. Lo del “Pelioso” Castro fue bochornoso. Y más bochornoso aún fue el hecho de que se emocionara contando, como un niño travieso, la alegría y el resultado “positivo” de sus pilatunas.
La verdad no creo que los colombianos a la larga triunfemos por la trampa. No creo que alegremos a los demás por dar disparos al aire, y no creo que seamos más sensibles por no aceptar nuestros errores y por dejarnos llevar por nuestras emociones. Creo que como seres humanos, acertamos y nos equivocamos, pero creo que cuando no aceptamos los errores y cuando buscamos la trampa y el engaño para ser mejores, cambiamos lo importante por lo urgente, y volvemos a la época de la mafia y de Maquiavelo, en dónde el fin, sea cual sea, justifica los medios.
El martes pasado, Fernando “el Pelioso” Castro pateó un balón que no debía, jaló del pelo a un jugador del River y generó una pelea que fue grotesca. El día anterior el talentoso Faustino “el tiro” Asprilla decidió alegrar a sus compañeros de equipo haciendo dos disparos al aire, con balas de salva, en medio de un entrenamiento. Unos días antes el calidoso, Mayer Candelo, se quitó con rabia la camiseta de Millonarios y la pisoteó después de recibir algunos y esporádicos insultos.
Lo raro de esto no es el acto, al fin y al cabo, los futbolista y técnicos son seres humanos que en el calor del partido, o en la emoción del fútbol, no logran controlar en todos los casos sus emociones y terminan actuando irracionalmente, absurdamente, llevados por las pasiones.
Lo que molesta y lo que no está bien, es que tiempo después, o minutos después, con la cabeza fría, con el alma tranquila, no se acepten la faltas, no se acepten los errores y, en cambio, se vanaglorien de ellas y las esgriman, ante la complicidad de muchos, como parte de la malicia indígena, como un acto de alegría o como una respuesta lógica a las críticas de la hinchada.
Lo que molesta, es que no sea la primera vez que lo hacen, que no aprendan del pasado y que, en cambio, se sientan orgullosos de sus actos. Castro lo ha hecho una y otra vez, siempre saliéndose de casillas, ofendiendo a Elkin Murillo, y haciendo trampas en sus épocas de jugador. Asprilla también, pateando buses, agrediendo periodistas, etcétera etcétera, etcétera. Y Mayer...
Uno juega como es. Uno es en la cancha como es en la realidad en la vida. El fútbol es el reflejo de una sociedad, de sus males y de sus virtudes, y la verdad algo debe estar muy mal para que se premie la maña, al trampa, lo ilógico en una sociedad. Acá cuando los delanteros se inventan penaltis fantasmas en el área, son talentosos; cuando se hace un gol con la mano y nadie se da cuenta, el delantero es un virtuoso; cuando se dopan los jugadores y no caen en las pruebas, son habilidosos. Acá lo importante no es la falta, sino que no lo cojan a uno en ella. No es la trampa, sino la impunidad de la misma.
Nuestra Malicia Indígena, tan nombrada en estos días, dicen los historiadores, no fue otra cosa que la capacidad de los indígenas de evitar su aniquilamiento por parte de los españoles, inventándose historias como las de Laguna de Guatavita en la cual el cacique se sumergía en oro. Con esa malicia buscaban sobrevivir, evitar el aniquilamiento y postergar una cultura, no ganar un partido, que de por sí ya se ganaba con talento, ni hacer que los compañeros se alegraran, ni nada por el estilo.
Seamos serios. Lo del “Pelioso” Castro fue bochornoso. Y más bochornoso aún fue el hecho de que se emocionara contando, como un niño travieso, la alegría y el resultado “positivo” de sus pilatunas.
La verdad no creo que los colombianos a la larga triunfemos por la trampa. No creo que alegremos a los demás por dar disparos al aire, y no creo que seamos más sensibles por no aceptar nuestros errores y por dejarnos llevar por nuestras emociones. Creo que como seres humanos, acertamos y nos equivocamos, pero creo que cuando no aceptamos los errores y cuando buscamos la trampa y el engaño para ser mejores, cambiamos lo importante por lo urgente, y volvemos a la época de la mafia y de Maquiavelo, en dónde el fin, sea cual sea, justifica los medios.
Publicadas por
Andrés Gómez V.
Higuita: !siempre positivo! (2002)
Iba a escribir de Francisco "Beckembauer" Foronda y otros demonios, pero se me cruzó en el camino, como una taza de café al desayuno, la noticia de que René Higuita había dado positivo por cocaína, y preferí entonces dedicar estas líneas al gran René, al loco del arco, al arquero más feliz del mundo, al hombre que revolucionó la prisión que es una portería, para decirle desde aquí, desde el banco de suplentes que son las palabras, que para mí él siempre dará positivo en todo lo que haga, pues lo que ha hecho en el fútbol ya vale por mil sonrisas.
Aquí no se está defendiendo el consumo de drogas, que cada cual haga de su alma lo que quiera, que cada cual encuentre la muerte y la locura a su manera y la llame a su lado, aquí lo que se defiende es al hombre detrás del futbolista, es a la piel detrás del buzo de arquero, es al jugador y al ser humano por encima de todo. Acá lo que se defiende son las noticias positivas que dio René durante mucho tiempo, la alegría que producía verlo en el estadio como rival o por la tele defendiendo los colores verdes o los de la selección. El orgullo que daba y que da, decir que se nació en el mismo país que él.
Aún recuerdo, sin poder no erizarme, cuando se inmortalizó en el aire en el estadio mítico de Wembley haciendo el escorpión, aún recuerdo con alegría cuando tapó el solo los tiros desde el punto penal de la Copa Libertadores, o cuando ante Alemania en el mundial parecía más un delantero que un portero; aún recuerdo cuando en cada juego él solo derrotaba la monotonía y el bostezo. Higuita ha sido por siempre la encarnación de nuestro realismo mágico en un campo de juego.
Lo confieso aquí y hoy, soy un enamorado de Higuita a pesar de sus errores, a pesar del gol ante Camerún, a pesar de que siempre le tapa todo a Millos, a pesar de que se fume el Atanasio Girardot entero, o que juegue por la raya, y soy enamorado de él, porque creo que él, sólo él, con su cabellera, con su forma de ser, paga la boleta, invita a la sonrisa y, sobre todo, hace que cada día más y más gente crea que el fútbol es de verdad un arte.
Yo no creo que René haya consumido cocaína para doparse, para jugar mejor. Creo que consumió porque el es un enfermo, como tanto otro, un jugador que tiene que ser un su vida privada como lo es en la cancha: loco, atrevido, irreverente, y nadie le puede pedir ni juzgar que sea una persona tímida, tranquila, sana fuera de la cancha, porque hay una máxima que dice que uno es como juega, y sin duda René es un loco fuera y dentro de la cancha. Un ángel y un demonio en el cielo y en el infierno.
Hoy, a sus 36 años, no dudo que René sea un adicto, su paso por muchos equipos en los últimos años, sus continuas faltas a entrenar, sus sanciones no deportivas, su falta de un trabajo continuo lo atestiguan. Sin embargo creo que antes que juzgarlo hay que ayudarlo, hay que devolverle el cariño que ha dado, porque él, como el Diego, como tantos otros enfermos de droga y de balón, no necesitan un hincha, un gobierno represivo, una sociedad hipócrita que lo juzgue, sino una mano amiga, sino un apoyo para decirle que él, René, siempre será positivo para Colombia, y no sólo por la coca que esnife, sino por la actitud con la que en tantas tardes nos regaló verdaderos motivos de felicidad y nos hizo hinchas suyos y del balón sin importar nada más.
Ánimo René, que ya por años, para mi, siempre has sido positivo…
Aquí no se está defendiendo el consumo de drogas, que cada cual haga de su alma lo que quiera, que cada cual encuentre la muerte y la locura a su manera y la llame a su lado, aquí lo que se defiende es al hombre detrás del futbolista, es a la piel detrás del buzo de arquero, es al jugador y al ser humano por encima de todo. Acá lo que se defiende son las noticias positivas que dio René durante mucho tiempo, la alegría que producía verlo en el estadio como rival o por la tele defendiendo los colores verdes o los de la selección. El orgullo que daba y que da, decir que se nació en el mismo país que él.
Aún recuerdo, sin poder no erizarme, cuando se inmortalizó en el aire en el estadio mítico de Wembley haciendo el escorpión, aún recuerdo con alegría cuando tapó el solo los tiros desde el punto penal de la Copa Libertadores, o cuando ante Alemania en el mundial parecía más un delantero que un portero; aún recuerdo cuando en cada juego él solo derrotaba la monotonía y el bostezo. Higuita ha sido por siempre la encarnación de nuestro realismo mágico en un campo de juego.
Lo confieso aquí y hoy, soy un enamorado de Higuita a pesar de sus errores, a pesar del gol ante Camerún, a pesar de que siempre le tapa todo a Millos, a pesar de que se fume el Atanasio Girardot entero, o que juegue por la raya, y soy enamorado de él, porque creo que él, sólo él, con su cabellera, con su forma de ser, paga la boleta, invita a la sonrisa y, sobre todo, hace que cada día más y más gente crea que el fútbol es de verdad un arte.
Yo no creo que René haya consumido cocaína para doparse, para jugar mejor. Creo que consumió porque el es un enfermo, como tanto otro, un jugador que tiene que ser un su vida privada como lo es en la cancha: loco, atrevido, irreverente, y nadie le puede pedir ni juzgar que sea una persona tímida, tranquila, sana fuera de la cancha, porque hay una máxima que dice que uno es como juega, y sin duda René es un loco fuera y dentro de la cancha. Un ángel y un demonio en el cielo y en el infierno.
Hoy, a sus 36 años, no dudo que René sea un adicto, su paso por muchos equipos en los últimos años, sus continuas faltas a entrenar, sus sanciones no deportivas, su falta de un trabajo continuo lo atestiguan. Sin embargo creo que antes que juzgarlo hay que ayudarlo, hay que devolverle el cariño que ha dado, porque él, como el Diego, como tantos otros enfermos de droga y de balón, no necesitan un hincha, un gobierno represivo, una sociedad hipócrita que lo juzgue, sino una mano amiga, sino un apoyo para decirle que él, René, siempre será positivo para Colombia, y no sólo por la coca que esnife, sino por la actitud con la que en tantas tardes nos regaló verdaderos motivos de felicidad y nos hizo hinchas suyos y del balón sin importar nada más.
Ánimo René, que ya por años, para mi, siempre has sido positivo…
Publicadas por
Andrés Gómez V.
Declaración de los derechos y deberes del hincha (2002)
Derecho a odiar por un rato, que no supere los 90 minutos, a su equipo.
Derecho a ir o no ir al estadio y entrar o no entrar al mismo.
Derecho a apoyar a su equipo en silencio o a grito herido.
Derecho a vestir orgulloso la camisa cuando la temporada va mal.
Derecho a vestir con orgullo la camisa cuando la temporada va bien.
Derecho a aplaudir y vivir en función del domingo y del balón.
Derecho a odiar, aunque sea por un rato, a por lo menos tres equipos más, incluido el de la misma ciudad.
Derecho a llorar por una derrota.
Derecho a sonreír por una victoria.
Derecho a vivir de los recuerdos, así estos hayan sucedido hace años.
Derecho a pensar que el domingo siguiente habrá revancha y será el de la ilusión.
Derecho a creer que el próximo campeonato sí será el de la estrella.
Derecho a que el hijo sea hincha de su mismo equipo y se matricule en el credo de la misma religión.
Derecho a postergar todo, incluso el sexo o la muerte, por una buena tarde de fútbol.
Derecho a ver los goles de su equipo 333 veces por televisión y emocionarse siempre de la misma manera.
Derecho a oír, ver y leer cuanto asunto haya de fútbol y cuanta noticia haya del equipo.
Derecho a recordar con detalles el último campeonato positivo o el último título.
Derecho a celebrar los goles que se le hacen al equipo rival.
Derecho a quedarse callado en una derrota.
Derecho a celebrar a rabiar una victoria, por pequeña que sea.
Derecho a hacer pública su afición y el nombre de su equipo.
Derecho a protestar contra los dirigentes.
A su vez, todo hincha tiene una serie de DEBERES:
Deber de nunca odiar, aunque sea tan sólo por 90 minutos, a su equipo.
Deber de ir al estadio y entrar siempre al mismo.
Deber de apoyar a su equipo en silencio o a grito herido.
Deber de vestir orgulloso la camisa cuando la temporada va mal.
Deber de vestir con orgullo la camisa cuando la temporada va bien.
Deber de aplaudir y vivir en función del domingo y del balón.
Deber de odiar, aunque sea por un rato, a por lo menos tres equipos más, incluido el de la misma ciudad.
Deber de llorar por una derrota.
Deber de sonreír por una victoria.
Deber de vivir de los recuerdos, así estos hayan sucedido hace años.
Deber de pensar que el domingo siguiente habrá revancha y será el de la ilusión.
Deber de creer que el próximo campeonato sí será el de la estrella.
Deber de que el hijo sea hincha de su mismo equipo y se matricule en el credo de la misma religión.
Deber de postergar todo, incluso el sexo o la muerte, por una buena tarde de fútbol.
Deber de ver los goles de su equipo 333 veces por televisión y emocionarse siempre de la misma manera.
Deber de oír, ver y leer cuanto asunto haya de fútbol y cuanta noticia haya del equipo.
Deber de recordar con detalles el último campeonato positivo o el último título.
Deber de celebrar los goles que se le hacen al equipo rival.
Deber de quedarse callado en una derrota.
Deber de celebrar a rabiar una victoria, por pequeña que sea.
Deber de hacer pública su afición y el nombre de su equipo.
Deber de protestar contra los dirigentes.
Derecho a ir o no ir al estadio y entrar o no entrar al mismo.
Derecho a apoyar a su equipo en silencio o a grito herido.
Derecho a vestir orgulloso la camisa cuando la temporada va mal.
Derecho a vestir con orgullo la camisa cuando la temporada va bien.
Derecho a aplaudir y vivir en función del domingo y del balón.
Derecho a odiar, aunque sea por un rato, a por lo menos tres equipos más, incluido el de la misma ciudad.
Derecho a llorar por una derrota.
Derecho a sonreír por una victoria.
Derecho a vivir de los recuerdos, así estos hayan sucedido hace años.
Derecho a pensar que el domingo siguiente habrá revancha y será el de la ilusión.
Derecho a creer que el próximo campeonato sí será el de la estrella.
Derecho a que el hijo sea hincha de su mismo equipo y se matricule en el credo de la misma religión.
Derecho a postergar todo, incluso el sexo o la muerte, por una buena tarde de fútbol.
Derecho a ver los goles de su equipo 333 veces por televisión y emocionarse siempre de la misma manera.
Derecho a oír, ver y leer cuanto asunto haya de fútbol y cuanta noticia haya del equipo.
Derecho a recordar con detalles el último campeonato positivo o el último título.
Derecho a celebrar los goles que se le hacen al equipo rival.
Derecho a quedarse callado en una derrota.
Derecho a celebrar a rabiar una victoria, por pequeña que sea.
Derecho a hacer pública su afición y el nombre de su equipo.
Derecho a protestar contra los dirigentes.
A su vez, todo hincha tiene una serie de DEBERES:
Deber de nunca odiar, aunque sea tan sólo por 90 minutos, a su equipo.
Deber de ir al estadio y entrar siempre al mismo.
Deber de apoyar a su equipo en silencio o a grito herido.
Deber de vestir orgulloso la camisa cuando la temporada va mal.
Deber de vestir con orgullo la camisa cuando la temporada va bien.
Deber de aplaudir y vivir en función del domingo y del balón.
Deber de odiar, aunque sea por un rato, a por lo menos tres equipos más, incluido el de la misma ciudad.
Deber de llorar por una derrota.
Deber de sonreír por una victoria.
Deber de vivir de los recuerdos, así estos hayan sucedido hace años.
Deber de pensar que el domingo siguiente habrá revancha y será el de la ilusión.
Deber de creer que el próximo campeonato sí será el de la estrella.
Deber de que el hijo sea hincha de su mismo equipo y se matricule en el credo de la misma religión.
Deber de postergar todo, incluso el sexo o la muerte, por una buena tarde de fútbol.
Deber de ver los goles de su equipo 333 veces por televisión y emocionarse siempre de la misma manera.
Deber de oír, ver y leer cuanto asunto haya de fútbol y cuanta noticia haya del equipo.
Deber de recordar con detalles el último campeonato positivo o el último título.
Deber de celebrar los goles que se le hacen al equipo rival.
Deber de quedarse callado en una derrota.
Deber de celebrar a rabiar una victoria, por pequeña que sea.
Deber de hacer pública su afición y el nombre de su equipo.
Deber de protestar contra los dirigentes.
Publicadas por
Andrés Gómez V.
La selección ausente (2002)
La nostalgia es como un gol decisivo que desperdiciamos en el último minuto y que nos acompaña por siempre. Faltan tres meses para el mundial y yo, al igual que muchos de ustedes, ando lleno de goles desperdiciados. Me duele la selección ausente, aún no me he curado de la fiebre amarilla y me da envidia, y no de la sana, ver a 32 países listos para asistir a la única fiesta en la que hay que vestir de cortos y emborracharse a punta de gambetas.
El solo hecho de pensar en un mundial sin nuestro país me llena el alma de tristeza. Los contragolpes de la impotencia son muy fuertes. Es cierto, hemos dejado de asistir a más mundiales (12) de los que hemos ido (4), pero es que para los menores de 30 años, ir al mundial y soñar con goles patrios fue una rutina hermosa, como ese beso de despedida que se le daba a la mujer que se amaba.
Japón y Corea será distinto para todo aquel colombiano que se diga hincha del fútbol, adicto al mismo, y lo será porque en nuestro estadio, ese que llevamos por dentro los enfermos del balón, habrá cancha, habrá ganas, habrá árbitro y fanáticos, pero no jugadores nacidos en este país vestidos de amarillo, azul y rojo.
Seamos serios, no merecíamos ir al mundial por nuestra desorganización directiva y técnica, por nuestra mediocridad de técnicos y dirigentes más no de futbolistas, pero igual el dolor y la ausencia son actos que no entienden de razones ni de lógica. Cómo hubiera sido de hermoso ver a la selección jugar, aunque fuera la primera ronda, en Japón y Corea
Faltan tres meses para que el balón ruede y la fiesta empiece, pero lo cierto es que la tristeza ya está presente y sentada en primera fila. Los álbumes que solíamos llenar orgullosos con los jugadores nacido en Pescadito, en Tumaco, en Tulúa, y en tantas otras zonas, ya no se llenarán. Hoy más que nunca tendremos que postergar la ilusión y volver a alinear a los recuerdos. Hoy más que nunca tendremos que jugar con el pasado:
El 4-4 en el lejano1962 con medio país de rodillas y las imágenes en blanco y negro; el debut en televisión en directo en 1990; el gol agónico y hermoso, que aún eriza, de Freddy Rincón ante Alemania y todo lo que significó ese día; las atajadas de René Higuita, con penalti incluido, y sus hermosas locuras hasta la mitad de la cancha que terminaron en dolor; la dupla mágica de Redín y Valderrama y la velocidad de Arnoldo en la delantera.
Las tribunas americanas llenas de pelucas rizadas y el sueño postergado. La fiebre amarilla hablando inglés. El dolor de conocer a Rumania a punta de goles; la impotencia ante la imagen de Andrés Escobar en el suelo y el país derrumbado; las gambetas fuera y dentro de la cancha del Tino y del Tren. El fútbol que pudo haber sido y no fue.
El gol de Leider Calimenio y la emoción con la que lo bailamos todos frente al televisor; el partido, la fe y la ilusión ante Inglaterra en tierras Galas y la decepción hecha lágrima de Farid que resumió todo.
Seamos realistas: duele mucho la selección ausente. Creo que en este mundial, sin jugar, perdimos todo y por goleada.
El solo hecho de pensar en un mundial sin nuestro país me llena el alma de tristeza. Los contragolpes de la impotencia son muy fuertes. Es cierto, hemos dejado de asistir a más mundiales (12) de los que hemos ido (4), pero es que para los menores de 30 años, ir al mundial y soñar con goles patrios fue una rutina hermosa, como ese beso de despedida que se le daba a la mujer que se amaba.
Japón y Corea será distinto para todo aquel colombiano que se diga hincha del fútbol, adicto al mismo, y lo será porque en nuestro estadio, ese que llevamos por dentro los enfermos del balón, habrá cancha, habrá ganas, habrá árbitro y fanáticos, pero no jugadores nacidos en este país vestidos de amarillo, azul y rojo.
Seamos serios, no merecíamos ir al mundial por nuestra desorganización directiva y técnica, por nuestra mediocridad de técnicos y dirigentes más no de futbolistas, pero igual el dolor y la ausencia son actos que no entienden de razones ni de lógica. Cómo hubiera sido de hermoso ver a la selección jugar, aunque fuera la primera ronda, en Japón y Corea
Faltan tres meses para que el balón ruede y la fiesta empiece, pero lo cierto es que la tristeza ya está presente y sentada en primera fila. Los álbumes que solíamos llenar orgullosos con los jugadores nacido en Pescadito, en Tumaco, en Tulúa, y en tantas otras zonas, ya no se llenarán. Hoy más que nunca tendremos que postergar la ilusión y volver a alinear a los recuerdos. Hoy más que nunca tendremos que jugar con el pasado:
El 4-4 en el lejano1962 con medio país de rodillas y las imágenes en blanco y negro; el debut en televisión en directo en 1990; el gol agónico y hermoso, que aún eriza, de Freddy Rincón ante Alemania y todo lo que significó ese día; las atajadas de René Higuita, con penalti incluido, y sus hermosas locuras hasta la mitad de la cancha que terminaron en dolor; la dupla mágica de Redín y Valderrama y la velocidad de Arnoldo en la delantera.
Las tribunas americanas llenas de pelucas rizadas y el sueño postergado. La fiebre amarilla hablando inglés. El dolor de conocer a Rumania a punta de goles; la impotencia ante la imagen de Andrés Escobar en el suelo y el país derrumbado; las gambetas fuera y dentro de la cancha del Tino y del Tren. El fútbol que pudo haber sido y no fue.
El gol de Leider Calimenio y la emoción con la que lo bailamos todos frente al televisor; el partido, la fe y la ilusión ante Inglaterra en tierras Galas y la decepción hecha lágrima de Farid que resumió todo.
Seamos realistas: duele mucho la selección ausente. Creo que en este mundial, sin jugar, perdimos todo y por goleada.
Publicadas por
Andrés Gómez V.
Confesiones de un adicto (2002)
Soy adicto. Adicto sano al buen fútbol y mendigo de un buen partido. Un fantasma hecho hincha que deambula por los estadios buscando un jugador que haga un túnel, un pase de la muerte, una ilusión con sabor a gol. Que se enfrente por una rato a la monotonía y se dedique al placer inoperante de la belleza. Y lo digo, porque soy adicto a lo que se produce en la cancha, es decir, un ser necesitado de la tribuna, un arquero de la emoción, un defensa del buen balompié, un volante de la esperanza, un delantero de la nostalgia.
Y lo soy y lo confieso porque no puedo vivir sin él. Cada día pienso en fútbol, entiendo la vida como la suma de triunfos y derrotas, de juegos de local y de visitante y vivo para esperar el domingo y saciarme de goles y jugadas.
Creo que todo hincha verdadero es un adicto que no puede y, sobre todo, no quiere vivir sin un balón. Un ser que no renuncia nunca a su condición ni a su camisa, porque son parte del alma. Un enfermo que no esconde que prefiere, y ha preferido, un buen partido de fútbol a una buena mujer.
Porque ser adicto al fútbol y a un equipo es seguir de pie y gritando con los ojos llenos de lágrimas aún después de un 0-5 en contra, aun después de años sin copas y sin estrellas. Gritando con un amor herido, pero intacto.
Adicto, es aquel que deja su alma en cada partido de su equipo, que no sólo se sabe las alineaciones y los nombres, los antes y los después, sino que siempre piensa que el domingo será el día para empezar una nueva historia o para continuar la racha ganadora. Un hombre o mujer que conjugan los verbos en futuro y que no conocen la palabra redención.
El adicto de verdad es el que grita duro y en silencio, el que aplaude y el que no calla así no hable; el que llora de emoción y de tristeza, el que no abandona la fe y las montañas, y el que, sobre todo, está de pie cuando todos los demás han caído. Cuando se gana es fácil ser parte de la masa, pero cuando se pierde y se sigue amando, es cuando de verdad el amor es sincero. El hombre se conoce no en el paraíso sino en el infierno.
Y por eso, y por más, es que el adicto tiene la opción de protestar ante los directivos de su equipo cuando cree, y generalmente tiene razón, en que las contrataciones no son buenas, en que la plata que se recibe por un jugador se debería embarcar mejor en futuro y no en pago de deudas, en que la historia es un acto cotidiano y no un resumen de pasados y camisetas.
Porque ya lo han dicho muchos porque ellos, los directivos y jugadores, pasarán, pero la institución y la hinchada, pero los adictos, se quedarán para siempre...
Porque yo y ustedes, hombres que nos creemos hinchas de verdad, no nos podemos curar hasta el día en que desde arriba nos indiquen el final del partido.
Por eso este adicto pide hoy una buena dosis de fútbol, una dosis de arte, de honestidad y de respeto.
A veces hay que creer en el fútbol, aunque él ya no crea que es una necesidad.
Y lo soy y lo confieso porque no puedo vivir sin él. Cada día pienso en fútbol, entiendo la vida como la suma de triunfos y derrotas, de juegos de local y de visitante y vivo para esperar el domingo y saciarme de goles y jugadas.
Creo que todo hincha verdadero es un adicto que no puede y, sobre todo, no quiere vivir sin un balón. Un ser que no renuncia nunca a su condición ni a su camisa, porque son parte del alma. Un enfermo que no esconde que prefiere, y ha preferido, un buen partido de fútbol a una buena mujer.
Porque ser adicto al fútbol y a un equipo es seguir de pie y gritando con los ojos llenos de lágrimas aún después de un 0-5 en contra, aun después de años sin copas y sin estrellas. Gritando con un amor herido, pero intacto.
Adicto, es aquel que deja su alma en cada partido de su equipo, que no sólo se sabe las alineaciones y los nombres, los antes y los después, sino que siempre piensa que el domingo será el día para empezar una nueva historia o para continuar la racha ganadora. Un hombre o mujer que conjugan los verbos en futuro y que no conocen la palabra redención.
El adicto de verdad es el que grita duro y en silencio, el que aplaude y el que no calla así no hable; el que llora de emoción y de tristeza, el que no abandona la fe y las montañas, y el que, sobre todo, está de pie cuando todos los demás han caído. Cuando se gana es fácil ser parte de la masa, pero cuando se pierde y se sigue amando, es cuando de verdad el amor es sincero. El hombre se conoce no en el paraíso sino en el infierno.
Y por eso, y por más, es que el adicto tiene la opción de protestar ante los directivos de su equipo cuando cree, y generalmente tiene razón, en que las contrataciones no son buenas, en que la plata que se recibe por un jugador se debería embarcar mejor en futuro y no en pago de deudas, en que la historia es un acto cotidiano y no un resumen de pasados y camisetas.
Porque ya lo han dicho muchos porque ellos, los directivos y jugadores, pasarán, pero la institución y la hinchada, pero los adictos, se quedarán para siempre...
Porque yo y ustedes, hombres que nos creemos hinchas de verdad, no nos podemos curar hasta el día en que desde arriba nos indiquen el final del partido.
Por eso este adicto pide hoy una buena dosis de fútbol, una dosis de arte, de honestidad y de respeto.
A veces hay que creer en el fútbol, aunque él ya no crea que es una necesidad.
Publicadas por
Andrés Gómez V.
El rey está triste, ¿qué tendrá el rey? (2002)
Rivaldo ya no sonríe. En su prodigiosa pierna izquierda, y en especial en su tobillo, hay un dolor, pero es en su alma en donde hay una ausencia. El fútbol no lo está haciendo feliz en España y especialmente en el Nou Camp, y que dolor más grande para un futbolista que trabajar en algo que no le brinda la sonrisa tranquila del minuto 91, y que le convierte el camino hacia el vestuario en un largo trayecto donde abundan los demonios y se extrañan los ángeles.
No hay precio que pague la tristeza, ni siquiera los miles de dólares que se ganen y el poder vivir como un rey. Cuando el fútbol no es la respuesta, entonces es cuando empiezan las preguntas.
Rivaldo está triste y su fútbol anda de duelo y vestido de negro por él. Hace ya varias jornadas, hace ya varios partidos, que no le regala a la afición azulgrana un encuentro memorable, una salida en hombros hasta el camerino, un momento de locura para esa horda de catalanes que solían gritarle vítores, que paradoja para él, Vitor Borba Ferreira, y que ahora lo silban con el insulto incluido.
Hace tiempo que Rivaldo no es feliz y eso no sólo es producto del cansancio y el azar. Esta bien, nadie niega que viajar es un placer, pero ir de un continente a otro cada 15 días, pero pasar la mitad de la vida útil en un avión y la otra entrenando, corriendo y curándose de lesiones, tiene que cansar a cualquiera, por más rey que sea, por más títulos que haya recibido, por más balones de oro que tenga. Porque es cierto que el fútbol es la profesión que él escogió, y que lo escogió a él, pero también es cierto que los reyes también se cansan, se lesionan, se llenan de lamentos y sufren como mendigos.
Porque llega un momento en el que los dólares no pagan la derrota de las jornadas, y los aplausos no se compran en las esquinas. Porque todo aquel que se diga futbolista, así no haya pasado de un partido entre amigos en el barrio, con dos ladrillos como portería, sabe que el fútbol a veces desilusiona y que hay dolores que no pasan con la ducha del tiempo.
Yo, y estoy seguro que la mayoría de ustedes, jugaría gratis sólo por sentir la tribuna cerca de los oídos, sólo por saberse ídolo en un mundo de anónimos, sólo por saberse dios, pero es que Rivaldo ya sabe eso y por eso a veces se vuelve común, sordo y de carne y hueso. La majestuosidad suele cansar a quien vive de ella y el brasileño parece querer otros aires, otros estadios, otros equipos.
Rivaldo está triste. El fútbol, por lo menos el que se le ve desde la tribuna, el que se lee en los periódicos españoles, el que se le nota desde la distancia, lo muestra cansado, adolorido, y sin esperanzas. Su zurda ya no inventa las mismas cosas que en antaño y el rumor de sus goles de chilena y de su fútbol único es un recuerdo. El Rivaldo de hoy se enreda, no brilla, detiene en demasía el balón, es relevado para protegerle las lesiones y, sobre todo, se le nota sin ánimo y sin pasión y eso se refleja en el amor con la tribuna, y eso se refleja en uno de los peores Barcelonas de todas las épocas, que depende de él y de su ánimo.
Ya lo dijo alguna vez el cantante argentino Facundo Cabral “quien no trabaja en lo que ama, es un desempleado”, y hoy, Rivaldo, Vitor Borba Ferreira, parece ser el empleado sin puesto mejor pagado del mundo.
Por qué de que vive un futbolista sino es de la felicidad que le brinda la cancha y cuál es su profesión sino aquella de hacer y, de ser feliz el mismo, dándole golpes a un balón.
Rivaldo está triste, ¿qué tendrá Rivaldo?.
No hay precio que pague la tristeza, ni siquiera los miles de dólares que se ganen y el poder vivir como un rey. Cuando el fútbol no es la respuesta, entonces es cuando empiezan las preguntas.
Rivaldo está triste y su fútbol anda de duelo y vestido de negro por él. Hace ya varias jornadas, hace ya varios partidos, que no le regala a la afición azulgrana un encuentro memorable, una salida en hombros hasta el camerino, un momento de locura para esa horda de catalanes que solían gritarle vítores, que paradoja para él, Vitor Borba Ferreira, y que ahora lo silban con el insulto incluido.
Hace tiempo que Rivaldo no es feliz y eso no sólo es producto del cansancio y el azar. Esta bien, nadie niega que viajar es un placer, pero ir de un continente a otro cada 15 días, pero pasar la mitad de la vida útil en un avión y la otra entrenando, corriendo y curándose de lesiones, tiene que cansar a cualquiera, por más rey que sea, por más títulos que haya recibido, por más balones de oro que tenga. Porque es cierto que el fútbol es la profesión que él escogió, y que lo escogió a él, pero también es cierto que los reyes también se cansan, se lesionan, se llenan de lamentos y sufren como mendigos.
Porque llega un momento en el que los dólares no pagan la derrota de las jornadas, y los aplausos no se compran en las esquinas. Porque todo aquel que se diga futbolista, así no haya pasado de un partido entre amigos en el barrio, con dos ladrillos como portería, sabe que el fútbol a veces desilusiona y que hay dolores que no pasan con la ducha del tiempo.
Yo, y estoy seguro que la mayoría de ustedes, jugaría gratis sólo por sentir la tribuna cerca de los oídos, sólo por saberse ídolo en un mundo de anónimos, sólo por saberse dios, pero es que Rivaldo ya sabe eso y por eso a veces se vuelve común, sordo y de carne y hueso. La majestuosidad suele cansar a quien vive de ella y el brasileño parece querer otros aires, otros estadios, otros equipos.
Rivaldo está triste. El fútbol, por lo menos el que se le ve desde la tribuna, el que se lee en los periódicos españoles, el que se le nota desde la distancia, lo muestra cansado, adolorido, y sin esperanzas. Su zurda ya no inventa las mismas cosas que en antaño y el rumor de sus goles de chilena y de su fútbol único es un recuerdo. El Rivaldo de hoy se enreda, no brilla, detiene en demasía el balón, es relevado para protegerle las lesiones y, sobre todo, se le nota sin ánimo y sin pasión y eso se refleja en el amor con la tribuna, y eso se refleja en uno de los peores Barcelonas de todas las épocas, que depende de él y de su ánimo.
Ya lo dijo alguna vez el cantante argentino Facundo Cabral “quien no trabaja en lo que ama, es un desempleado”, y hoy, Rivaldo, Vitor Borba Ferreira, parece ser el empleado sin puesto mejor pagado del mundo.
Por qué de que vive un futbolista sino es de la felicidad que le brinda la cancha y cuál es su profesión sino aquella de hacer y, de ser feliz el mismo, dándole golpes a un balón.
Rivaldo está triste, ¿qué tendrá Rivaldo?.
Publicadas por
Andrés Gómez V.
Hay que tener esperanza. ¡Este año si! (2001)
No se ustedes, pero a mí un domingo sin fútbol me produce una tristeza inmensa. A eso de las seis de la tarde, y sin importar que el día haya estado lleno de sol, me siento en medio de un aguacero de dolores.
Para mí no hay un domingo más triste que aquel en el cual no rueda un balón, que aquel en el cual el hincha no tiene ritual, que aquel en el cual el equipo que se ama no juega. Porque pueden existir todas las ligas del mundo y se pueden ver por televisión, porque pueden existir todas las opciones de equipos, pero no hay punto de comparación con saber que en algún estadio el equipo que hace latir el corazón se ha jugando esa tarde un pedazo de vida.
Amores y cariños hay muchos, pero amor de verdad sólo hay uno y no hay nada más hermoso que encontrárselo de frente un domingo por la tarde y sentarse un rato junto a él a reflexionar.
Ignacio Copani, un cantante y escritor argentino lo dijo alguna vez con maestría, “Domingo sin fútbol, domingo sin sol, domingo de calma y el alma sin gol (...) domingo sin fútbol, que lento pasas”...
Por eso, estas palabras están alegres hoy, están felices de que balón haya rodado de nuevo y de que el campeonato colombiano haya vuelto a empezar. Yo sé que apenas fue un mes de ausencia, yo sé que el nivel de juego no es el mejor, yo sé que los equipos tiene más deudas y dolores que promesas y esperanzas, pero es que el amor es terco y es esperanzador y mi fe es más grande que mi saber.
Por eso creo que todos los hinchas tenemos este año la oportunidad, en este comienzo de campeonato, de decir ¡este año si!, de creer que nuestro equipo, sin importar las campañas de los años anteriores, o concientes de ello, puede darnos una alegría, puede hacernos los lunes más felices, pueden invitarnos a la sonrisa, a despreciar el bueno o mal sueldo, a pagar impuestos, a aguantarnos las peleas familiares, la pobreza, la guerrilla, los para militares, el referendo, en fin...
El fútbol ha enseñado que da revancha cada año y cada domingo, que quien hoy puntea mañana puede estar luchando por el descenso, que quien hoy es rey mañana es mendigo, que quien hoy es demonio mañana puede ser ángel, por eso, sin importar la camiseta que uno tenga, el color de la sangre, ni la opción de alma que maneje, lo cierto es que de nuevo hay que creer en la esperanza.
Es de humanos tener sueños, creer en ellos, entregarse a la irrealidad en un mundo que nos golpea con su hedor, por eso a veces hay que ser realistas y pedir lo imposible, como decían en mayo del 68, por eso hay que creer en los técnicos, en los jugadores, por eso hay que volver al estadio, hay que darle una y otra oportunidad a los dirigentes, hay que soñar, porque no cuesta nada, porque es la única garantía de escape de la prisión que vivimos, porque es la única opción de encontrar el paraíso a la vuelta de la esquina, en medio de gambetas, delanteros y volantes.
Este año, este campeonato que empieza, hay razones para creer, sino pregúntenle a los hinchas del Medellín que duraron 45 años esperando el momento, o a los hinchas de Villavicencio que soñaron toda la vida con que alguna vez podrían tener un equipo profesional, o a los juveniles de Colombia, que cuando nadie apostaba por ellos, ellos decidieron jugársela solos y creer en sus sueños...
Por mal que le vaya, por mal que nos vaya, lo peor que puede pasar es que temprano, muy temprano, el lunes, la realidad nos despierte y la almohada, la cobija y las sábanas, los maturanas, los técnicos, los jugadores nos derroten la esperanza con su acto de cotidianidad.
Por ahora y con el sueño intacto, vivo despierto la felicidad de saber que el domingo ha vuelto lleno de fútbol, gambetas y de gol, y que este año, con la fe de carbonero, voy a creer que la estrella puede ser, por fin, una realidad.
Para mí no hay un domingo más triste que aquel en el cual no rueda un balón, que aquel en el cual el hincha no tiene ritual, que aquel en el cual el equipo que se ama no juega. Porque pueden existir todas las ligas del mundo y se pueden ver por televisión, porque pueden existir todas las opciones de equipos, pero no hay punto de comparación con saber que en algún estadio el equipo que hace latir el corazón se ha jugando esa tarde un pedazo de vida.
Amores y cariños hay muchos, pero amor de verdad sólo hay uno y no hay nada más hermoso que encontrárselo de frente un domingo por la tarde y sentarse un rato junto a él a reflexionar.
Ignacio Copani, un cantante y escritor argentino lo dijo alguna vez con maestría, “Domingo sin fútbol, domingo sin sol, domingo de calma y el alma sin gol (...) domingo sin fútbol, que lento pasas”...
Por eso, estas palabras están alegres hoy, están felices de que balón haya rodado de nuevo y de que el campeonato colombiano haya vuelto a empezar. Yo sé que apenas fue un mes de ausencia, yo sé que el nivel de juego no es el mejor, yo sé que los equipos tiene más deudas y dolores que promesas y esperanzas, pero es que el amor es terco y es esperanzador y mi fe es más grande que mi saber.
Por eso creo que todos los hinchas tenemos este año la oportunidad, en este comienzo de campeonato, de decir ¡este año si!, de creer que nuestro equipo, sin importar las campañas de los años anteriores, o concientes de ello, puede darnos una alegría, puede hacernos los lunes más felices, pueden invitarnos a la sonrisa, a despreciar el bueno o mal sueldo, a pagar impuestos, a aguantarnos las peleas familiares, la pobreza, la guerrilla, los para militares, el referendo, en fin...
El fútbol ha enseñado que da revancha cada año y cada domingo, que quien hoy puntea mañana puede estar luchando por el descenso, que quien hoy es rey mañana es mendigo, que quien hoy es demonio mañana puede ser ángel, por eso, sin importar la camiseta que uno tenga, el color de la sangre, ni la opción de alma que maneje, lo cierto es que de nuevo hay que creer en la esperanza.
Es de humanos tener sueños, creer en ellos, entregarse a la irrealidad en un mundo que nos golpea con su hedor, por eso a veces hay que ser realistas y pedir lo imposible, como decían en mayo del 68, por eso hay que creer en los técnicos, en los jugadores, por eso hay que volver al estadio, hay que darle una y otra oportunidad a los dirigentes, hay que soñar, porque no cuesta nada, porque es la única garantía de escape de la prisión que vivimos, porque es la única opción de encontrar el paraíso a la vuelta de la esquina, en medio de gambetas, delanteros y volantes.
Este año, este campeonato que empieza, hay razones para creer, sino pregúntenle a los hinchas del Medellín que duraron 45 años esperando el momento, o a los hinchas de Villavicencio que soñaron toda la vida con que alguna vez podrían tener un equipo profesional, o a los juveniles de Colombia, que cuando nadie apostaba por ellos, ellos decidieron jugársela solos y creer en sus sueños...
Por mal que le vaya, por mal que nos vaya, lo peor que puede pasar es que temprano, muy temprano, el lunes, la realidad nos despierte y la almohada, la cobija y las sábanas, los maturanas, los técnicos, los jugadores nos derroten la esperanza con su acto de cotidianidad.
Por ahora y con el sueño intacto, vivo despierto la felicidad de saber que el domingo ha vuelto lleno de fútbol, gambetas y de gol, y que este año, con la fe de carbonero, voy a creer que la estrella puede ser, por fin, una realidad.
Publicadas por
Andrés Gómez V.
Vamos, vamos, Argentina....(2002)
El papel picado, la pólvora, los aplausos, los cantos que no cesan, que siguen bajo la lluvia, bajo el sol, bajo la miseria, el balón que rueda por el campo... Hay un comercial de la cerveza Quilmes que resume la pasión y la importancia del fútbol en el país gaucho, en pocas palabras. A lo lejos se oye el grito que ha salido de la popular para hacerse popular: “vamos, vamos, Argentina; vamos, vamos, a ganar; que esta hinchada, bochichera; no te deja, no te deja, de apoyar”... La cámara muestra el Estadio Monumental, pero éste está vacío. El cántico, sin embargo, continúa. La cámara hace un recorrido rápido por la tribuna hasta que llega a un pedazo en la que están los jugadores de la albiceleste gritándoles desde el balcón a su hinchada. Apoyándolos. Queriéndolos. Animándolos. Haciéndoles saber y entender que así como ellos, la hinchada, los ha apoyado siempre, en las buenas y en las malas; ahora, en medio del hambre, del corralito, de la violencia y el caos, ellos, los jugadores, los hombres vestidos de futbolistas, están allí para decirles simplemente: “Vamos, vamos, Argentina”...
En medio del hambre y la miseria nadie ha dejado de creer que el fútbol, ese deporte, puede ser una buena respuesta que no da de comer, pero que llena el alma y que entrega, por plazos de 90 minutos, no sólo una opción de libertad sino una esperanza.
En este mundial que ya, gracias a Dios, casi comienza, me la juego toda por Argentina y me declaro hincha incondicional. Lo hago hoy, antes de que empiece a rodar el balón, pues siempre he creído que es muy fácil hablar en pasado y sabiendo el resultado, pero que es difícil apostar cuando el balón no ha empezado su camino. Apostar, es hablar en futuro, es jugarse la esperanza, la ilusión y sobre todo, la fe, y mi fe, hoy me dice, que un mundial ayudaría más para la felicidad que los préstamos del Banco Mundial, que el pan mendigo de EEUU. Al fin y al cabo nadie le quita a uno lo jugado.
Tengo la esperanza de que el fútbol les devuelva la sonrisa, así como en 1978 los unió contra la dictadura y en 1986 les devolvió por un rato Las Malvinas. Soy colombiano y amo a Colombia, pero me confieso, como muchos otros, un hincha de Argentina. He crecido con su música a ritmo de rock y de tango, de Charly, de Soda, de Fito, he aprendido a leer con la revista El Gráfico bajo mis manos, he pasado tardes hermosas junto a sus escritores, jugando a la rayuela y perdiéndome en el túnel con el aleph, me he deleitado con sus asados y con sus bifes de chorizo, he creído en que un hombre puede ser Dios cuando he visto al Diego ganar solo un mundial y cobrarse los muertos de la guerra en siete gambetas.
Me parece que los argentinos juegan al fútbol siempre como si fuera una final, no dan un balón por perdido hasta que éste salga de la cancha, no temen inventar un túnel, una gambeta, no les tiembla el pie a la hora de la creatividad, respetan a su hinchada y se entregan en la cancha. El fútbol no es un asunto más en la vida. El fútbol, es en las calles, la vida misma.
Espero que Argentina gane este mundial no sólo porque tiene a uno de los mejores grupos de jugadores, experimentados, con recorrido y talento, un excelente técnico, unos grandes goleadores, una sobresaliente preparación y clasificatoria, un esquema claro y de ataque, sino además porque sé que un triunfo, que una tercera copa, sería un buen punto de partida para volver a comenzar. Como hacerle un gol de honrilla a la realidad, como empezar a recortar en una goleada, como derrotar a la incrudelidad.
En fin, en este mundial de Japón y Corea, yo cantaré con el alma: “vamos, vamos Argentina; vamos, vamos a ganar” y lo haré esperando que triunfen, que venzan y no sólo en el mundial. Ojalá goleen a la miseria, ojalá gambeteen al hambre. Ojalá vuelven a ser eso que han sido siempre: argentinos, con ego y todo.
Lo hago además con otra razón: soñando que nosotros, los colombianos, nos contagiemos un día como ellos de esperanza, de fútbol, nos enfermemos por un balón, nos internemos llenos de fiebre amarilla en un estadio, nos llenemos de goles y nos unamos ya no entorno a un equipo sino en torno a la idea de un mejor país.
En medio del hambre y la miseria nadie ha dejado de creer que el fútbol, ese deporte, puede ser una buena respuesta que no da de comer, pero que llena el alma y que entrega, por plazos de 90 minutos, no sólo una opción de libertad sino una esperanza.
En este mundial que ya, gracias a Dios, casi comienza, me la juego toda por Argentina y me declaro hincha incondicional. Lo hago hoy, antes de que empiece a rodar el balón, pues siempre he creído que es muy fácil hablar en pasado y sabiendo el resultado, pero que es difícil apostar cuando el balón no ha empezado su camino. Apostar, es hablar en futuro, es jugarse la esperanza, la ilusión y sobre todo, la fe, y mi fe, hoy me dice, que un mundial ayudaría más para la felicidad que los préstamos del Banco Mundial, que el pan mendigo de EEUU. Al fin y al cabo nadie le quita a uno lo jugado.
Tengo la esperanza de que el fútbol les devuelva la sonrisa, así como en 1978 los unió contra la dictadura y en 1986 les devolvió por un rato Las Malvinas. Soy colombiano y amo a Colombia, pero me confieso, como muchos otros, un hincha de Argentina. He crecido con su música a ritmo de rock y de tango, de Charly, de Soda, de Fito, he aprendido a leer con la revista El Gráfico bajo mis manos, he pasado tardes hermosas junto a sus escritores, jugando a la rayuela y perdiéndome en el túnel con el aleph, me he deleitado con sus asados y con sus bifes de chorizo, he creído en que un hombre puede ser Dios cuando he visto al Diego ganar solo un mundial y cobrarse los muertos de la guerra en siete gambetas.
Me parece que los argentinos juegan al fútbol siempre como si fuera una final, no dan un balón por perdido hasta que éste salga de la cancha, no temen inventar un túnel, una gambeta, no les tiembla el pie a la hora de la creatividad, respetan a su hinchada y se entregan en la cancha. El fútbol no es un asunto más en la vida. El fútbol, es en las calles, la vida misma.
Espero que Argentina gane este mundial no sólo porque tiene a uno de los mejores grupos de jugadores, experimentados, con recorrido y talento, un excelente técnico, unos grandes goleadores, una sobresaliente preparación y clasificatoria, un esquema claro y de ataque, sino además porque sé que un triunfo, que una tercera copa, sería un buen punto de partida para volver a comenzar. Como hacerle un gol de honrilla a la realidad, como empezar a recortar en una goleada, como derrotar a la incrudelidad.
En fin, en este mundial de Japón y Corea, yo cantaré con el alma: “vamos, vamos Argentina; vamos, vamos a ganar” y lo haré esperando que triunfen, que venzan y no sólo en el mundial. Ojalá goleen a la miseria, ojalá gambeteen al hambre. Ojalá vuelven a ser eso que han sido siempre: argentinos, con ego y todo.
Lo hago además con otra razón: soñando que nosotros, los colombianos, nos contagiemos un día como ellos de esperanza, de fútbol, nos enfermemos por un balón, nos internemos llenos de fiebre amarilla en un estadio, nos llenemos de goles y nos unamos ya no entorno a un equipo sino en torno a la idea de un mejor país.
Publicadas por
Andrés Gómez V.
Retando a la muerte (2003)
A Marc Vivian Foé.
Formas de vida hay muchas, pero muerte hay una sola. Algunos mueren en el campo de batalla luchando de frente contra la cotidianidad, mientras otros lo hacen atrincherados ante una enfermedad. Hay seres que mueren lento, mendigando un día más, sufriendo su propia vida y otros que parece que nunca murieran, que se vuelven invisibles a pesar de que el tiempo se los lleve. Marc Vivan Foé murió de frente, mientras corría, cerca al círculo central, jugando al fútbol.
Decía el escritor uruguayo Eduardo Galeano que los futbolistas son seres afortunados pues son felices jugando al fútbol y además, les pagan. El fútbol no les asegura la eternidad, pero se las acerca. Salir aplaudido de un estadio es como volver a nacer, y salir bajo el silbido es como encontrar una pequeña muerte.
No creo que haya una forma de esquivar la parca, pero si creo que hay mejores formas de morir que otras. Una cosa es toparse a la muerte por medio de una bala asesina a las tres de la tarde, y otra, muy diferente, citarla en una esquina un domingo lluvioso.
Una cosa es recordar la muerte, hace ya 8 años, de Andrés Escobar, y no sentir en el alma un pequeño aguacero y otra, muy distinta, recordar a Carepa Gaviria y Giovanni Córdoba. Lo de Escobar es un asesinato, como todos, sin gallardía, ni dignidad. Una muerte muy lejana de su talento futbolístico; la de Córdoba y Carepa, duele, pero, en cambio, consuela que cuando se encontraron con ella, la enfrentaron con dignidad.
Creo que no hay un muerto más importante que otro; ni creo que todo muerto es bueno. Creo, como dice un proverbio oriental, que al final del juego tanto el peón como el rey regresan a la misma caja, y que nadie está preparado para el eterno descanso.
Por eso aspiro, con la ilusión de quien va a cobrar un penalti, que el día en que la muerte decida venir a visitarme, me encuentre, ya sea como jugador aficionado o como hincha en una tribuna, en un campo de fútbol, en medio de un partido y, ojalá, viendo a mi equipo ganar.
Prefiero el calor de un campo de juego, el sabor de la tarde de domingo, la fiesta del fútbol, a una emboscada retrechera sin nombre en una calle o en una cama cualquiera. Me gustaría poder retar a la muerte a que lo alcance a uno en un estadio, en un picado, entre dos ladrillos o dos sacos convertidos en una improvisada portería, ojalá, eso si, con más años que los de Foé, y sin cámaras de televisión de por medio.
Ojalá uno pudiera morir haciendo lo que más le gusta: leyendo un libro, viendo una película, durmiendo, comiendo, jugando fútbol, enamorándose, o recordando la vida, así al menos uno le ganaría a la muerte un round, porque debe ser hermoso morir con una sonrisa en el alma, con un gol atrapado en la garganta y un sentimiento a punto de proyectarse por la banda izquierda...
Formas de vida hay muchas, pero muerte hay una sola. Algunos mueren en el campo de batalla luchando de frente contra la cotidianidad, mientras otros lo hacen atrincherados ante una enfermedad. Hay seres que mueren lento, mendigando un día más, sufriendo su propia vida y otros que parece que nunca murieran, que se vuelven invisibles a pesar de que el tiempo se los lleve. Marc Vivan Foé murió de frente, mientras corría, cerca al círculo central, jugando al fútbol.
Decía el escritor uruguayo Eduardo Galeano que los futbolistas son seres afortunados pues son felices jugando al fútbol y además, les pagan. El fútbol no les asegura la eternidad, pero se las acerca. Salir aplaudido de un estadio es como volver a nacer, y salir bajo el silbido es como encontrar una pequeña muerte.
No creo que haya una forma de esquivar la parca, pero si creo que hay mejores formas de morir que otras. Una cosa es toparse a la muerte por medio de una bala asesina a las tres de la tarde, y otra, muy diferente, citarla en una esquina un domingo lluvioso.
Una cosa es recordar la muerte, hace ya 8 años, de Andrés Escobar, y no sentir en el alma un pequeño aguacero y otra, muy distinta, recordar a Carepa Gaviria y Giovanni Córdoba. Lo de Escobar es un asesinato, como todos, sin gallardía, ni dignidad. Una muerte muy lejana de su talento futbolístico; la de Córdoba y Carepa, duele, pero, en cambio, consuela que cuando se encontraron con ella, la enfrentaron con dignidad.
Creo que no hay un muerto más importante que otro; ni creo que todo muerto es bueno. Creo, como dice un proverbio oriental, que al final del juego tanto el peón como el rey regresan a la misma caja, y que nadie está preparado para el eterno descanso.
Por eso aspiro, con la ilusión de quien va a cobrar un penalti, que el día en que la muerte decida venir a visitarme, me encuentre, ya sea como jugador aficionado o como hincha en una tribuna, en un campo de fútbol, en medio de un partido y, ojalá, viendo a mi equipo ganar.
Prefiero el calor de un campo de juego, el sabor de la tarde de domingo, la fiesta del fútbol, a una emboscada retrechera sin nombre en una calle o en una cama cualquiera. Me gustaría poder retar a la muerte a que lo alcance a uno en un estadio, en un picado, entre dos ladrillos o dos sacos convertidos en una improvisada portería, ojalá, eso si, con más años que los de Foé, y sin cámaras de televisión de por medio.
Ojalá uno pudiera morir haciendo lo que más le gusta: leyendo un libro, viendo una película, durmiendo, comiendo, jugando fútbol, enamorándose, o recordando la vida, así al menos uno le ganaría a la muerte un round, porque debe ser hermoso morir con una sonrisa en el alma, con un gol atrapado en la garganta y un sentimiento a punto de proyectarse por la banda izquierda...
Publicadas por
Andrés Gómez V.
En busca del tiempo perdido (2004)
Millonarios, hoy sumido en la peor crisis deportiva de su historia, llegó a ser considerado uno de los mejores equipos del mundo. Por sus filas pasaron los mejores jugadores del país e incluso uno de los cuatro mejores de la historia del fútbol. Sus trece títulos nacionales aún hacen memoria y llenan el alma de recuerdo. A pesar de su gran pasado su futuro, hoy por hoy, es incierto. Historia de un equipo de talla internacional.
Conquistando el mundo
Cincuenta años después un viejo fantasma recorre a Europa, el fantasma del Club Deportivo Los Millonarios deambulando por los estadios del viejo continente.
Era el año de 1952 y “El Ballet Azul”, bautizado así por la prensa nacional debido a su armoniosa, perfecta y hermosa forma de actuar, daba espectáculo en las canchas mundiales. En una época en la que la táctica era lo de menos y el amor por el deporte lo de más, Millonarios, armado con un 4-3-3 muy agresivo, muy rápido, muy contundente, no sólo era un espectáculo táctico digno de admirar, sino además un conjunto que enamoraba a quienes lo veían posar sobre la cancha más que pases y gambetas un arte…
Millonarios había sido invitado por el gran Real Madrid de mitad de siglo, manejado entonces por Santiago Bernabeu y dirigido por Héctor Scarone, a jugar un triangular que con motivo de sus primeros 50 años iba a realizar el club merengue. El año anterior, en 1951, Millonarios había jugado la pequeña Copa del Mundo de Caracas donde se había enfrentado contra el equipo Merengue y había perdido por 2-1. Sin embargo, la magia de un equipo que jugaba como si estuviera hecho por dioses y no por simples jugadores de carne y hueso, había hecho que los ojos se posaron sobre él, y que las invitaciones a torneos internacionales fueran parte de la rutina de sus futbolistas.
En marzo de 1952 Millonarios ganó ese torneo venciendo al Real Madrid por 4 goles a 2 y empatando con el campeón sueco Norkoping a dos tantos. Esa gira por Europa (se enfrentaron con éxito al Valencia, a las Palmas y al Sevilla) y los tres partidos que luego se jugaron en Bogotá (Millos 2 Real Madrid 1 y Millos 1 Real Madrid 0) y Caracas (1-1) hicieron que el equipo de la capital colombiana fuera considerado uno de los mejores del mundo y que escribiera su nombre sobre el césped del balompié mundial.
En Europa, hablar de Millonarios era sinónimo de gambetas, fútbol total, magia y armonía. En América su sólo nombre era sinónimo de grandeza. Millonarios era parte no sólo de El Dorado del fútbol colombiano sino invitado de honor del fútbol mundial.
****
El nacimiento de la institución
Lejos de las canchas que le darían grandeza, en un frío pero tradicional Colegio, el San Bartolomé de Bogotá, el 18 de junio de 1946, como consta en la Notaría Tercera de Bogotá, fue creado el Club Deportivo Los Millonarios.
Para la historia queda el dato que se hizo bajo escritura pública (la número 2047) y que allí se indicó que el Club tendría vigencia por 99 años, mientras el precio de la acción sería de 10 pesos. Alfonso Senior, un barranquillero y visionario hombre de fútbol, fue elegido presidente, mientras que el ecuatoriano Mauro Mórtola fue nombrado vicepresidente y Oliverio Pulido tesorero.
Sin embargo, la historia del club que más títulos le daría a Colombia, había empezado mucho antes. Muchos goles se habían marcado antes de recibir el bautizo oficial. Los orígenes de Millonarios se remontan al Unión Juventud, un equipo amateur que hacia del fútbol un hobby, que jugaba por amor al deporte y que a punto de desaparecer, por problemas económicos, recibió apoyo del Distrito Capital quien le giró una plata. Por ello, el Unión Juventud, como se llamaban a sí mismos esos jóvenes que le robaban un poco de rutina a la vida a punta de balonazos, terminó convirtiéndose en el Deportivo Municipal.
El debut del Muinicipal se hizo oficialmente el 13 de agosto de 1939 en un encuentro frente a Deportivo Barranquilla. Su uniforme, copiado del club argentino Tigre, constaba de pantaloneta y camiseta azul y medias grises y con una M en el pecho. Un uniforme que luego Millonarios internacionalizaría.
Los buenos partidos del equipo, el buen fútbol que mostraba, así como sus boyantes arcas, generaron el rumor y la fama de El Municipal. Los triunfos trajeron las giras internacionales, incipientes peregrinaciones a países vecinos llevando un fútbol que por entonces ya empezaba a internacionalizarse. El equipo era una mezcla de talento nacional con jugadores internacionales como los argentinos Cuezzo, Sabrasky y Lucifero.
El Municipal ganó su primer torneo internacional al vencer a Wanders de Chile y a Atlético Corrales de Paraguay. Estas victorias, unidas a las crecientes críticas que el periodista Luis Camacho Montoya que despotricaba del equipo y, en especial, de sus costosas contrataciones, lo llevó a titular un artículo sarcásticamente como "Los municipalistas son ahora millonarios".
Así, el Municipal adquirió un nombre que en pocos años sería sinónimo de grandeza y que marcaría la vida de hinchas y jugadores que pasaron por él.
***
2600 metros más cerca de las estrellas
El 15 de agosto de 1948, Millonarios jugó su primer partido oficial en el estadio "El Campin". Fue contra el Once Deportivo y el marcador habla por si sólo: 6 a 0. Esta tarde se inició un periplo de juegos en campeonatos oficiales que le dieron a Millonarios 13 estrellas en el fútbol colombiano, y que lo coronaron como protagonista de muchos campeonatos más. Millonarios no sólo ganó trece veces los torneos, sino que quedó de subcampeón en nueve más y protagonizó por los menos 15 más.
Además, fue el primer equipo colombiano en participar en torneo internacionales, el único que le ha ganado el Real Madrid, el primero que le ganó a un equipo argentino en tierra gaucha y uno de los pocos que puede decir que estuvo entre los mejores del mundo.
A pesar de que hace 16 años (desde 1988 cuando logró el bicampeonato dirigido por Luís Augusto García) no gana ninguna estrella más (A excepción de la Copa Merconorte a principios de siglo XXI) y de que en el momento enfrenta el torneo colombiano con una nómina de jugadores juveniles, lo cierto es que por décadas, en especial en el 50, 60, 70 y finales del 80, dominó a sus anchas el fútbol colombiano y le permitió a propios y extraños ver a los mejores jugadores nacionales e incluso internacionales militar en sus filas.
Millonarios fue por años el equipo con afición propia en todo el país. Un conjunto que jugaba siempre de local y que tenía barras diseminadas por los pueblos y regiones menos conocidos de Colombia, como una religión llena de fe. Nombrar al equipo albiazul era garantía de estadios llenos y de un buen espectáculo de fútbol. Millonarios hacia clásicos en cada ciudad.
El equipo bogotano era el representante de un país que deliraba con el fútbol y que se entregaba a él con la emoción de quien se entrega a su primer amor. Un equipo que hizo que mucho se hicieran hinchas con la fe de quien no cree en milagros hasta que ve el primero.
En estos 56 años de torneo colombiano, se inició en 1948, Millonarios ha sido el protagonista del fútbol colombiano. Su primera estrella la logró en 1949 y luego, de la mano de los grandes jugadores de la época de El Dorado, consolidó un tricampeonato (1951, 52 y 1953) que le dieron fama de invencible. En 1959, y tras superar seis años sin título, una larga agonía para la época, Millonarios ganó de nuevo el campeonato e inició una racha de triunfos que duraron hasta 1964 y que sólo fueron detenidos por su rival de patio, el Santa Fe del 60.
El papel, en esa época, del Médico Gabriel Ochoa Uribe, ex arquero del equipo, director técnico y uno de los hombres que más sabe de fútbol en el país, fue clave para hacer de Millonarios una leyenda. Delio “Maravilla” Gamboa, Marino Klinger, Pablito Centurión, Otoniel Quintana, entre muchos otros jugadores, hacia delirar a la tribuna con sus goles y con sus atajadas. Ellos construían cada domingo la historia del club.
En 1972, y tras superar su segunda crisis en la que escasearon los títulos, el equipo albiazul, con una nómina que marcaría historia en el fútbol colombiano por reunir en sus filas a uno de los mejores jugadores de la historia de Colombia, gana su décima estrella y luego en 1978 su décimo primera. Entonces los nombres de Willington Ortiz, de Alejandro Brand, de Segovia, de Segrera, de Gaviria, de Converti, de Onega, de Irigoyen, de Moron, de Prospiti, entran a ser parte de la memoria colectiva del club. Una memoria que hoy, en medio de la crisis hace llorar a quienes la vivieron.
En la década de los 80 y con un campeonato colombiano llenó de estrellas internacionales, en especial sudamericanas, debido al auge del narcotráfico, Millonarios gana sus dos últimos títulos (87 y 88) antes de sumirse en la sequía en la que aún hoy anda.
La aparición de jugadores como Vivalda, Molina, Prince, Iguaran, Vanemerak, Barberon, Funes, Estrada, Juárez, Pimentel, entre muchos otros, marcan una década de buen fútbol en la cual “los embajadores” a pesar de obtener apenas dos títulos, siguen dirigiendo el pulso del fútbol nacional. Los clásicos con Santa fe, América y Nacional son partidos a puro pulso en donde la fiesta hace parte del ritual.
El título de 1988, y la cancelación del torneo de 1989, debido al asesinato de un árbitro en extrañas consecuencias, marcan, como una cicatriz, el fin de los grandes nombres vistiendo la camisa azul y evidencia que las buenas épocas han llegado a su final.
En la tribuna, sin embargo, el rumor de gol y de triunfo se queda a la espera de mejores épocas…
***
El Dorado, la grandeza de una época
Dos momentos precisos y derivados de dos conflictos, la huelga del fútbol argentino, y la pelea interna del fútbol colombiano entre los dirigentes barranquilleros y bogotanos, permitieron, paradójicamente, que naciera El Dorado en el fútbol de nuestro país y que desde las tribunas el paraíso pareciera estar a tan sólo unos pasos.
Millonarios fue sin duda el gran beneficiado de la época y el que generó mayor recuerdo, a pesar de que otros equipos como Cúcuta y Santa Fe, por poner otros ejemplos, contaron con nóminas de talla mundial e incluso con la mayoría de protagonistas del Maracanazo. Millos, de la mano de su más importante dirigente y fundador, un hombre de verdad de fútbol, Alfonso Senior, aprovechó esta circunstancia y armó una nómina de leyenda que más allá de haber llevado al equipo a ganar tres títulos nacionales en su momento, lo lanzó a la fama mundial de un deporte que guarda a muy pocos equipos como leyendas.
En 1948 de la mano del técnico Miguel Olivera, fueron presentados ante la afición jugadores de la talla de Gabriel Ochoa Uribe, Tomás Aves, Danilo Mourman, Alfonso Piedrahita, Francisco Zuluaga, Pedro Cabillón, y Alfredo Castillo quienes en su momento demostraban el más alto nivel de juego, Sin embargo estos nombres quedarían opacados por la presencia en los años siguientes de jugadores insignias como Cozzi, Adolfo Pedernera, Alfredo D’Stéfano y Néstor Raúl Rossi.
Ellos, los mejores jugadores de Argentina, vinieron a nuestro país a deleitar a la afición. Pedernera por ejemplo, era el líder de “la máquina del River” y un mítico ya en Argentina. D´Stefano, por entonces apenas un chiquillo, ya demostraba también en River, el por qué sería catalogado como uno de los cuatro grandes del fútbol mundial junto a Pelé, Maradona, y Cruyff; y Rossi, El Pipo, era una fenómeno que hablaba con su fútbol y que se divertía tanto fuera como dentro de la cancha armado tan sólo de su creatividad y un balón.
Millonarios era entonces el equipo en el cual las grandes figuras sudamericanas encontraron el espacio preciso para deleitar con su fútbol a la tribuna, para inventar un deporte que hasta entonces había estado en Colombia sin héroes y para hacer que el periodismo deportivo, de la mano de Carlos Arturo Rueda C, escribiera una historia paralela.
El fútbol no era entonces un espectáculo de domingo, sino una rutina de semana. La gente trasnochaba, en las afueras de El Campín, para ver a Millonarios al día siguiente. Las tribunas vivían abarrotadas, y la fría capital bogotana se calentaba a punta de aplausos en cada gol. La gente no dormía por la noche, con tal de ver los goles y gambetas en primera fila. Millos era su sueño, y El Campín, un espectáculo para la imagen y para la memoria.
Millonarios era el equipo en el cual el fútbol no era un deporte sino un arte de características mayores. Sería injusto no nombrar a otros jugadores como Alfredo Castillo, mayor goleador del equipo, con 237 goles, que adquirieron fama y leyenda en el conjunto albiazul, a la par que marcaron hitos y establecieron récords que aún hoy son prueba de la grandeza de una época.
De esos años, quedan para siempre en la memoria el arquero Julio Cozzi, el colombiano Francisco "Cobo" Zuluaga, (sin duda uno de nuestros grandes deportistas) el zaguero Raul Pinni, el peruano Ismael Soria, Julio César "Paragua" Ramírez, Reinaldo Mourín, Hugo Reyes y Antonio "Maestrico" Báez.
Jugadores que hicieron historia en un equipo que hizo historia con ellos…
***
El primer escollo
La primera bella época de Millonarios terminó hacia 1953. Los jugadores más importantes fueron vendidos al exterior, incluyendo a D´Stefano quien fue objeto de una pugna entre el Barcelona y el Real Madrid, cuadro que a la postre lo llevó a sus filas y lo acabó de coronar como un astro del balompié mundial.
El Pacto de Lima y el desconocimiento al torneo colombiano, hicieron que el nuestro fútbol perdiera a sus mejores jugadores. Millonarios no fue la excepción. Eso, sumado al adiós de jugadores míticos como el maestro Perdernera, marcaron el final de una gloriosa época.
Millonarios no pudo resistir la perdida de sus emblemas y se sumió en una crisis, que comparada a la de hoy es como un aguacero en medio de un vendaval. Los títulos escasearon por los siguientes cinco años, y a pesar de que en 1958 se logró el campeonato, el equipo y sus hinchas estaban acostumbrados a mirar la tabla de clasificación desde la posición del rey, no del peón.
Esa fue la primera “crisis” del equipo, que luego se repetiría en las diferentes épocas en las que jugó. A finales de los 60 por ejemplo, cuando los títulos dejaron de aparecer, a mediados de los 70 cuando los triunfos no se daban, o a principios de los 80 cuando el dinero se acabó.
Sin duda, la peor fue la 90, cuando a parte de no ganar estrellas, el equipo vivió pugnas de poder interno que lo dejaron acéfalo. Millonarios entonces perdió el norte, se equivocó en las contrataciones, tanto de jugadores como de técnicos, contrató sin éxito a Maturana, Castelnoble, Prince, Printo, y menoscabó las divisiones inferiores.
En los años 60 y 70, la crisis era no ganar títulos, no pelear el primer lugar, no encabezar la tabla de posiciones, y aunque tuvo momentos difíciles, esos eran suplidos por años de bonanza y de crecimiento de jugadores y por títulos.
De ser considerado el más grande equipo de Colombia, Millonarios pasó a ser un convidado más del torneo colombiano. A partir de 1994, cuando quedó subcampeón, con jugadores como Rendón, Orlando Maturana, Eddy Villarraga, Bonner Mosquera, John Mario Ramírez y Freddy León, bajo la dirección de Vladimir Popovic, la realidad del equipo azul se fue deteriorando y los pasivos financieros se fueron apoderando de sus arcas. Las grandes figuras dejaron de jugar en el equipo, las divisiones inferiores sacaron su última gran camada en el 97 y el equipo entró en crisis.
Entre 1990 y 1995 Millonarios perdió $400 millones al año, con lo cual acumulaba un déficit superior a los $2.000 millones cuando fue asumido por la Dirección Nacional de Estupefacientes.
Lo cierto, es que después de los boyantes años 80, cuando dineros del narcotráfico ingresaron al equipo, tras una pobre campaña en 1981, cuando salió prematuramente del cuadrangular final, el equipo perdió el rumbo y se dedicó a vivir de su grandeza. A hablar en pasado y a sobrevivir en medio de la escasez. Millonarios perdió sus activos y se entregó a la pobreza.
***.
El otro dorado
Edmer Tamayo Marín, Justo Pastor y José Gonzalo Rodríguez Gacha, entonces llamativos comerciantes de Pacho, Cundinamarca, lo mismo que el ganadero Guillermo Gómez Melgarejo se convirtieron en los dueños de Millonarios en la década de los 80. Ellos, todos con dudosa procedencia y algunos incluso conocidos años después como grandes capos del narcotráfico, adquirieron Millonarios en tras la crisis de principio de década.
Nació así otra época dorada para el equipo, no tanto por los títulos alcanzados sino por los jugadores que militaron en el equipo. Más allá de las consideraciones éticas que ahora surgen, lo cierto es que el narcotráfico tocó al fútbol colombiano y equipos como Nacional, Medellín, Santa Fe, América, entre otros, hicieron un camino de grandes contrataciones.
Millonarios, que había conquistado su última estrella en 1978, comenzó a destacarse a mediados de la década del ochenta con espectaculares jugadores como Marcelo Trobianni, Barberón, Cabrera, Espíndola, entre otros. Ese dorado, a diferencia del primero que fue hecho con dineros licitos, revivió a un equipo que estaba postrado en el lecho de enfermo. Sin embargo, y a pesar de que en su momento la solución fue buena, la realidad demostró que esa alianza con la mafia de los 80 terminaría perjudicando al equipo y siendo en gran parte culpable de la situación actual.
Millonarios en los 80, era un equipo que daba espectáculo, que llenaba estadios y que disputaba juegos a muerte con el América y con el Nacional.
***
La Situación actual
Millonarios, que se acostumbró a ocupar los primeros lugares de las tablas de posiciones, a visitar países y estadios y ganarle a los grandes del continente, como en el 1.967 cuando derroto por 2 goles a 1al Santos de Pelé y su corte, Edú, Tonhiño, Lima, Zito, Abel, esta hoy sumido en la peor de sus crisis, a la espera de la ley 550 y con un presidente encargado, que vive afugias para pagarles el día a día a sus jugadores.
Millonarios, el mismo que fue el primer representante colombiano en una Copa libertadores (En 1.960 jugó ante la Universidad Católica de Chile, y lo venció), el que más estrellas tiene (trece), el que albergó a los mejores jugadores del país (Ortiz y Gamboa), el que representó a Colombia en el mundo entero, es hoy un equipo en recuerdo.
El equipo afronta actualmente el torneo con una nómina de jugadores jóvenes y desconocidos, acompañados de tres veteranos como el Gato Pérez, jugador de la época de los 90 y Bonner Mosquera, así como del uruguayo Héctor Burguez, quien junto a John Mario Ramírez, y Ricardo Lunari, fueron los últimos ídolos de la afición azul.
Paradójicamente, Millonarios continúa teniendo una gran hinchada, en los años 90 un grupo de jóvenes hicieron la barra Comandos Azules, la cual, junto a los miembros de Unibam, hicieron del amor a Millonarios un compromiso a muerte.
Así mismo, en el estadio no es raro encontrase a gente que vivió el primer dorado, que se deleito con los goles de Gamboa, que aplaudió a Brand, que vibró con Funes y que grito por John Mario, y que hoy, a pesar de la situación sigue fiel al equipo.
Sin embargo, para nadie es un secreto que el presente del equipo no se compadece frente a su gran pasado.
La labor que desempeñaron importantes y decentes hombres como Alfonso Senior Q, Oliverio Pulido R, Humberto Gómez L, Jaime Rojas R, Alberto Gómez M, Roberto Valencia T., Antonio J. Vargas, Ignacio Klein B, Álvaro Gutiérrez P., Rafael Pulido G, Francisco Ruge R, y muchos otros, hoy está sumida en el abandono y el olvido. Ellos que, como presidentes del equipo, dejaron a Millonarios en los primeros lugares, hoy, los que aún viven, ven con impotencia como el equipo naufraga.
.***
Colofón
Esa es la historia de un equipo que se dio el lujo de ser uno de los mejores del mundo, de tener en sus filas a los grandes jugadores del fútbol colombiano e incluso mundial, y que hoy, paradójicamente, tiene el sol a las espaldas. Millos, está enfrascado en una crisis en la cual la salida no se ve y sólo se puede aferrar a su pasado. Una salida que no sólo es de activos y de capital, sino de leyes y de normas. Millonarios se olvidó hace años de titular periódicos por sus triunfos y se acostumbró, en cambio, a figurar por sus escándalos.
Millonarios ha abandonado el paraíso que habitó por años, del que fue amo y señor, y lo peor es que aún no sabe si en el camino perdió las costillas. Por ahora, en su afición, que llegó a ser una de las más grandes del país, la imagen de la nostalgia, del recuerdo, de las buenas épocas, deambula como aquel fantasma que algún día recorrió Europa venciendo a los grandes del mundo, para coronarse como el mejor.
***
Públicado en la revista Fñutbol Total
Conquistando el mundo
Cincuenta años después un viejo fantasma recorre a Europa, el fantasma del Club Deportivo Los Millonarios deambulando por los estadios del viejo continente.
Era el año de 1952 y “El Ballet Azul”, bautizado así por la prensa nacional debido a su armoniosa, perfecta y hermosa forma de actuar, daba espectáculo en las canchas mundiales. En una época en la que la táctica era lo de menos y el amor por el deporte lo de más, Millonarios, armado con un 4-3-3 muy agresivo, muy rápido, muy contundente, no sólo era un espectáculo táctico digno de admirar, sino además un conjunto que enamoraba a quienes lo veían posar sobre la cancha más que pases y gambetas un arte…
Millonarios había sido invitado por el gran Real Madrid de mitad de siglo, manejado entonces por Santiago Bernabeu y dirigido por Héctor Scarone, a jugar un triangular que con motivo de sus primeros 50 años iba a realizar el club merengue. El año anterior, en 1951, Millonarios había jugado la pequeña Copa del Mundo de Caracas donde se había enfrentado contra el equipo Merengue y había perdido por 2-1. Sin embargo, la magia de un equipo que jugaba como si estuviera hecho por dioses y no por simples jugadores de carne y hueso, había hecho que los ojos se posaron sobre él, y que las invitaciones a torneos internacionales fueran parte de la rutina de sus futbolistas.
En marzo de 1952 Millonarios ganó ese torneo venciendo al Real Madrid por 4 goles a 2 y empatando con el campeón sueco Norkoping a dos tantos. Esa gira por Europa (se enfrentaron con éxito al Valencia, a las Palmas y al Sevilla) y los tres partidos que luego se jugaron en Bogotá (Millos 2 Real Madrid 1 y Millos 1 Real Madrid 0) y Caracas (1-1) hicieron que el equipo de la capital colombiana fuera considerado uno de los mejores del mundo y que escribiera su nombre sobre el césped del balompié mundial.
En Europa, hablar de Millonarios era sinónimo de gambetas, fútbol total, magia y armonía. En América su sólo nombre era sinónimo de grandeza. Millonarios era parte no sólo de El Dorado del fútbol colombiano sino invitado de honor del fútbol mundial.
****
El nacimiento de la institución
Lejos de las canchas que le darían grandeza, en un frío pero tradicional Colegio, el San Bartolomé de Bogotá, el 18 de junio de 1946, como consta en la Notaría Tercera de Bogotá, fue creado el Club Deportivo Los Millonarios.
Para la historia queda el dato que se hizo bajo escritura pública (la número 2047) y que allí se indicó que el Club tendría vigencia por 99 años, mientras el precio de la acción sería de 10 pesos. Alfonso Senior, un barranquillero y visionario hombre de fútbol, fue elegido presidente, mientras que el ecuatoriano Mauro Mórtola fue nombrado vicepresidente y Oliverio Pulido tesorero.
Sin embargo, la historia del club que más títulos le daría a Colombia, había empezado mucho antes. Muchos goles se habían marcado antes de recibir el bautizo oficial. Los orígenes de Millonarios se remontan al Unión Juventud, un equipo amateur que hacia del fútbol un hobby, que jugaba por amor al deporte y que a punto de desaparecer, por problemas económicos, recibió apoyo del Distrito Capital quien le giró una plata. Por ello, el Unión Juventud, como se llamaban a sí mismos esos jóvenes que le robaban un poco de rutina a la vida a punta de balonazos, terminó convirtiéndose en el Deportivo Municipal.
El debut del Muinicipal se hizo oficialmente el 13 de agosto de 1939 en un encuentro frente a Deportivo Barranquilla. Su uniforme, copiado del club argentino Tigre, constaba de pantaloneta y camiseta azul y medias grises y con una M en el pecho. Un uniforme que luego Millonarios internacionalizaría.
Los buenos partidos del equipo, el buen fútbol que mostraba, así como sus boyantes arcas, generaron el rumor y la fama de El Municipal. Los triunfos trajeron las giras internacionales, incipientes peregrinaciones a países vecinos llevando un fútbol que por entonces ya empezaba a internacionalizarse. El equipo era una mezcla de talento nacional con jugadores internacionales como los argentinos Cuezzo, Sabrasky y Lucifero.
El Municipal ganó su primer torneo internacional al vencer a Wanders de Chile y a Atlético Corrales de Paraguay. Estas victorias, unidas a las crecientes críticas que el periodista Luis Camacho Montoya que despotricaba del equipo y, en especial, de sus costosas contrataciones, lo llevó a titular un artículo sarcásticamente como "Los municipalistas son ahora millonarios".
Así, el Municipal adquirió un nombre que en pocos años sería sinónimo de grandeza y que marcaría la vida de hinchas y jugadores que pasaron por él.
***
2600 metros más cerca de las estrellas
El 15 de agosto de 1948, Millonarios jugó su primer partido oficial en el estadio "El Campin". Fue contra el Once Deportivo y el marcador habla por si sólo: 6 a 0. Esta tarde se inició un periplo de juegos en campeonatos oficiales que le dieron a Millonarios 13 estrellas en el fútbol colombiano, y que lo coronaron como protagonista de muchos campeonatos más. Millonarios no sólo ganó trece veces los torneos, sino que quedó de subcampeón en nueve más y protagonizó por los menos 15 más.
Además, fue el primer equipo colombiano en participar en torneo internacionales, el único que le ha ganado el Real Madrid, el primero que le ganó a un equipo argentino en tierra gaucha y uno de los pocos que puede decir que estuvo entre los mejores del mundo.
A pesar de que hace 16 años (desde 1988 cuando logró el bicampeonato dirigido por Luís Augusto García) no gana ninguna estrella más (A excepción de la Copa Merconorte a principios de siglo XXI) y de que en el momento enfrenta el torneo colombiano con una nómina de jugadores juveniles, lo cierto es que por décadas, en especial en el 50, 60, 70 y finales del 80, dominó a sus anchas el fútbol colombiano y le permitió a propios y extraños ver a los mejores jugadores nacionales e incluso internacionales militar en sus filas.
Millonarios fue por años el equipo con afición propia en todo el país. Un conjunto que jugaba siempre de local y que tenía barras diseminadas por los pueblos y regiones menos conocidos de Colombia, como una religión llena de fe. Nombrar al equipo albiazul era garantía de estadios llenos y de un buen espectáculo de fútbol. Millonarios hacia clásicos en cada ciudad.
El equipo bogotano era el representante de un país que deliraba con el fútbol y que se entregaba a él con la emoción de quien se entrega a su primer amor. Un equipo que hizo que mucho se hicieran hinchas con la fe de quien no cree en milagros hasta que ve el primero.
En estos 56 años de torneo colombiano, se inició en 1948, Millonarios ha sido el protagonista del fútbol colombiano. Su primera estrella la logró en 1949 y luego, de la mano de los grandes jugadores de la época de El Dorado, consolidó un tricampeonato (1951, 52 y 1953) que le dieron fama de invencible. En 1959, y tras superar seis años sin título, una larga agonía para la época, Millonarios ganó de nuevo el campeonato e inició una racha de triunfos que duraron hasta 1964 y que sólo fueron detenidos por su rival de patio, el Santa Fe del 60.
El papel, en esa época, del Médico Gabriel Ochoa Uribe, ex arquero del equipo, director técnico y uno de los hombres que más sabe de fútbol en el país, fue clave para hacer de Millonarios una leyenda. Delio “Maravilla” Gamboa, Marino Klinger, Pablito Centurión, Otoniel Quintana, entre muchos otros jugadores, hacia delirar a la tribuna con sus goles y con sus atajadas. Ellos construían cada domingo la historia del club.
En 1972, y tras superar su segunda crisis en la que escasearon los títulos, el equipo albiazul, con una nómina que marcaría historia en el fútbol colombiano por reunir en sus filas a uno de los mejores jugadores de la historia de Colombia, gana su décima estrella y luego en 1978 su décimo primera. Entonces los nombres de Willington Ortiz, de Alejandro Brand, de Segovia, de Segrera, de Gaviria, de Converti, de Onega, de Irigoyen, de Moron, de Prospiti, entran a ser parte de la memoria colectiva del club. Una memoria que hoy, en medio de la crisis hace llorar a quienes la vivieron.
En la década de los 80 y con un campeonato colombiano llenó de estrellas internacionales, en especial sudamericanas, debido al auge del narcotráfico, Millonarios gana sus dos últimos títulos (87 y 88) antes de sumirse en la sequía en la que aún hoy anda.
La aparición de jugadores como Vivalda, Molina, Prince, Iguaran, Vanemerak, Barberon, Funes, Estrada, Juárez, Pimentel, entre muchos otros, marcan una década de buen fútbol en la cual “los embajadores” a pesar de obtener apenas dos títulos, siguen dirigiendo el pulso del fútbol nacional. Los clásicos con Santa fe, América y Nacional son partidos a puro pulso en donde la fiesta hace parte del ritual.
El título de 1988, y la cancelación del torneo de 1989, debido al asesinato de un árbitro en extrañas consecuencias, marcan, como una cicatriz, el fin de los grandes nombres vistiendo la camisa azul y evidencia que las buenas épocas han llegado a su final.
En la tribuna, sin embargo, el rumor de gol y de triunfo se queda a la espera de mejores épocas…
***
El Dorado, la grandeza de una época
Dos momentos precisos y derivados de dos conflictos, la huelga del fútbol argentino, y la pelea interna del fútbol colombiano entre los dirigentes barranquilleros y bogotanos, permitieron, paradójicamente, que naciera El Dorado en el fútbol de nuestro país y que desde las tribunas el paraíso pareciera estar a tan sólo unos pasos.
Millonarios fue sin duda el gran beneficiado de la época y el que generó mayor recuerdo, a pesar de que otros equipos como Cúcuta y Santa Fe, por poner otros ejemplos, contaron con nóminas de talla mundial e incluso con la mayoría de protagonistas del Maracanazo. Millos, de la mano de su más importante dirigente y fundador, un hombre de verdad de fútbol, Alfonso Senior, aprovechó esta circunstancia y armó una nómina de leyenda que más allá de haber llevado al equipo a ganar tres títulos nacionales en su momento, lo lanzó a la fama mundial de un deporte que guarda a muy pocos equipos como leyendas.
En 1948 de la mano del técnico Miguel Olivera, fueron presentados ante la afición jugadores de la talla de Gabriel Ochoa Uribe, Tomás Aves, Danilo Mourman, Alfonso Piedrahita, Francisco Zuluaga, Pedro Cabillón, y Alfredo Castillo quienes en su momento demostraban el más alto nivel de juego, Sin embargo estos nombres quedarían opacados por la presencia en los años siguientes de jugadores insignias como Cozzi, Adolfo Pedernera, Alfredo D’Stéfano y Néstor Raúl Rossi.
Ellos, los mejores jugadores de Argentina, vinieron a nuestro país a deleitar a la afición. Pedernera por ejemplo, era el líder de “la máquina del River” y un mítico ya en Argentina. D´Stefano, por entonces apenas un chiquillo, ya demostraba también en River, el por qué sería catalogado como uno de los cuatro grandes del fútbol mundial junto a Pelé, Maradona, y Cruyff; y Rossi, El Pipo, era una fenómeno que hablaba con su fútbol y que se divertía tanto fuera como dentro de la cancha armado tan sólo de su creatividad y un balón.
Millonarios era entonces el equipo en el cual las grandes figuras sudamericanas encontraron el espacio preciso para deleitar con su fútbol a la tribuna, para inventar un deporte que hasta entonces había estado en Colombia sin héroes y para hacer que el periodismo deportivo, de la mano de Carlos Arturo Rueda C, escribiera una historia paralela.
El fútbol no era entonces un espectáculo de domingo, sino una rutina de semana. La gente trasnochaba, en las afueras de El Campín, para ver a Millonarios al día siguiente. Las tribunas vivían abarrotadas, y la fría capital bogotana se calentaba a punta de aplausos en cada gol. La gente no dormía por la noche, con tal de ver los goles y gambetas en primera fila. Millos era su sueño, y El Campín, un espectáculo para la imagen y para la memoria.
Millonarios era el equipo en el cual el fútbol no era un deporte sino un arte de características mayores. Sería injusto no nombrar a otros jugadores como Alfredo Castillo, mayor goleador del equipo, con 237 goles, que adquirieron fama y leyenda en el conjunto albiazul, a la par que marcaron hitos y establecieron récords que aún hoy son prueba de la grandeza de una época.
De esos años, quedan para siempre en la memoria el arquero Julio Cozzi, el colombiano Francisco "Cobo" Zuluaga, (sin duda uno de nuestros grandes deportistas) el zaguero Raul Pinni, el peruano Ismael Soria, Julio César "Paragua" Ramírez, Reinaldo Mourín, Hugo Reyes y Antonio "Maestrico" Báez.
Jugadores que hicieron historia en un equipo que hizo historia con ellos…
***
El primer escollo
La primera bella época de Millonarios terminó hacia 1953. Los jugadores más importantes fueron vendidos al exterior, incluyendo a D´Stefano quien fue objeto de una pugna entre el Barcelona y el Real Madrid, cuadro que a la postre lo llevó a sus filas y lo acabó de coronar como un astro del balompié mundial.
El Pacto de Lima y el desconocimiento al torneo colombiano, hicieron que el nuestro fútbol perdiera a sus mejores jugadores. Millonarios no fue la excepción. Eso, sumado al adiós de jugadores míticos como el maestro Perdernera, marcaron el final de una gloriosa época.
Millonarios no pudo resistir la perdida de sus emblemas y se sumió en una crisis, que comparada a la de hoy es como un aguacero en medio de un vendaval. Los títulos escasearon por los siguientes cinco años, y a pesar de que en 1958 se logró el campeonato, el equipo y sus hinchas estaban acostumbrados a mirar la tabla de clasificación desde la posición del rey, no del peón.
Esa fue la primera “crisis” del equipo, que luego se repetiría en las diferentes épocas en las que jugó. A finales de los 60 por ejemplo, cuando los títulos dejaron de aparecer, a mediados de los 70 cuando los triunfos no se daban, o a principios de los 80 cuando el dinero se acabó.
Sin duda, la peor fue la 90, cuando a parte de no ganar estrellas, el equipo vivió pugnas de poder interno que lo dejaron acéfalo. Millonarios entonces perdió el norte, se equivocó en las contrataciones, tanto de jugadores como de técnicos, contrató sin éxito a Maturana, Castelnoble, Prince, Printo, y menoscabó las divisiones inferiores.
En los años 60 y 70, la crisis era no ganar títulos, no pelear el primer lugar, no encabezar la tabla de posiciones, y aunque tuvo momentos difíciles, esos eran suplidos por años de bonanza y de crecimiento de jugadores y por títulos.
De ser considerado el más grande equipo de Colombia, Millonarios pasó a ser un convidado más del torneo colombiano. A partir de 1994, cuando quedó subcampeón, con jugadores como Rendón, Orlando Maturana, Eddy Villarraga, Bonner Mosquera, John Mario Ramírez y Freddy León, bajo la dirección de Vladimir Popovic, la realidad del equipo azul se fue deteriorando y los pasivos financieros se fueron apoderando de sus arcas. Las grandes figuras dejaron de jugar en el equipo, las divisiones inferiores sacaron su última gran camada en el 97 y el equipo entró en crisis.
Entre 1990 y 1995 Millonarios perdió $400 millones al año, con lo cual acumulaba un déficit superior a los $2.000 millones cuando fue asumido por la Dirección Nacional de Estupefacientes.
Lo cierto, es que después de los boyantes años 80, cuando dineros del narcotráfico ingresaron al equipo, tras una pobre campaña en 1981, cuando salió prematuramente del cuadrangular final, el equipo perdió el rumbo y se dedicó a vivir de su grandeza. A hablar en pasado y a sobrevivir en medio de la escasez. Millonarios perdió sus activos y se entregó a la pobreza.
***.
El otro dorado
Edmer Tamayo Marín, Justo Pastor y José Gonzalo Rodríguez Gacha, entonces llamativos comerciantes de Pacho, Cundinamarca, lo mismo que el ganadero Guillermo Gómez Melgarejo se convirtieron en los dueños de Millonarios en la década de los 80. Ellos, todos con dudosa procedencia y algunos incluso conocidos años después como grandes capos del narcotráfico, adquirieron Millonarios en tras la crisis de principio de década.
Nació así otra época dorada para el equipo, no tanto por los títulos alcanzados sino por los jugadores que militaron en el equipo. Más allá de las consideraciones éticas que ahora surgen, lo cierto es que el narcotráfico tocó al fútbol colombiano y equipos como Nacional, Medellín, Santa Fe, América, entre otros, hicieron un camino de grandes contrataciones.
Millonarios, que había conquistado su última estrella en 1978, comenzó a destacarse a mediados de la década del ochenta con espectaculares jugadores como Marcelo Trobianni, Barberón, Cabrera, Espíndola, entre otros. Ese dorado, a diferencia del primero que fue hecho con dineros licitos, revivió a un equipo que estaba postrado en el lecho de enfermo. Sin embargo, y a pesar de que en su momento la solución fue buena, la realidad demostró que esa alianza con la mafia de los 80 terminaría perjudicando al equipo y siendo en gran parte culpable de la situación actual.
Millonarios en los 80, era un equipo que daba espectáculo, que llenaba estadios y que disputaba juegos a muerte con el América y con el Nacional.
***
La Situación actual
Millonarios, que se acostumbró a ocupar los primeros lugares de las tablas de posiciones, a visitar países y estadios y ganarle a los grandes del continente, como en el 1.967 cuando derroto por 2 goles a 1al Santos de Pelé y su corte, Edú, Tonhiño, Lima, Zito, Abel, esta hoy sumido en la peor de sus crisis, a la espera de la ley 550 y con un presidente encargado, que vive afugias para pagarles el día a día a sus jugadores.
Millonarios, el mismo que fue el primer representante colombiano en una Copa libertadores (En 1.960 jugó ante la Universidad Católica de Chile, y lo venció), el que más estrellas tiene (trece), el que albergó a los mejores jugadores del país (Ortiz y Gamboa), el que representó a Colombia en el mundo entero, es hoy un equipo en recuerdo.
El equipo afronta actualmente el torneo con una nómina de jugadores jóvenes y desconocidos, acompañados de tres veteranos como el Gato Pérez, jugador de la época de los 90 y Bonner Mosquera, así como del uruguayo Héctor Burguez, quien junto a John Mario Ramírez, y Ricardo Lunari, fueron los últimos ídolos de la afición azul.
Paradójicamente, Millonarios continúa teniendo una gran hinchada, en los años 90 un grupo de jóvenes hicieron la barra Comandos Azules, la cual, junto a los miembros de Unibam, hicieron del amor a Millonarios un compromiso a muerte.
Así mismo, en el estadio no es raro encontrase a gente que vivió el primer dorado, que se deleito con los goles de Gamboa, que aplaudió a Brand, que vibró con Funes y que grito por John Mario, y que hoy, a pesar de la situación sigue fiel al equipo.
Sin embargo, para nadie es un secreto que el presente del equipo no se compadece frente a su gran pasado.
La labor que desempeñaron importantes y decentes hombres como Alfonso Senior Q, Oliverio Pulido R, Humberto Gómez L, Jaime Rojas R, Alberto Gómez M, Roberto Valencia T., Antonio J. Vargas, Ignacio Klein B, Álvaro Gutiérrez P., Rafael Pulido G, Francisco Ruge R, y muchos otros, hoy está sumida en el abandono y el olvido. Ellos que, como presidentes del equipo, dejaron a Millonarios en los primeros lugares, hoy, los que aún viven, ven con impotencia como el equipo naufraga.
.***
Colofón
Esa es la historia de un equipo que se dio el lujo de ser uno de los mejores del mundo, de tener en sus filas a los grandes jugadores del fútbol colombiano e incluso mundial, y que hoy, paradójicamente, tiene el sol a las espaldas. Millos, está enfrascado en una crisis en la cual la salida no se ve y sólo se puede aferrar a su pasado. Una salida que no sólo es de activos y de capital, sino de leyes y de normas. Millonarios se olvidó hace años de titular periódicos por sus triunfos y se acostumbró, en cambio, a figurar por sus escándalos.
Millonarios ha abandonado el paraíso que habitó por años, del que fue amo y señor, y lo peor es que aún no sabe si en el camino perdió las costillas. Por ahora, en su afición, que llegó a ser una de las más grandes del país, la imagen de la nostalgia, del recuerdo, de las buenas épocas, deambula como aquel fantasma que algún día recorrió Europa venciendo a los grandes del mundo, para coronarse como el mejor.
***
Públicado en la revista Fñutbol Total
Publicadas por
Andrés Gómez V.
Manual del técnico (2007)
El técnico es la esencia del equipo, su alma, pero no su cuerpo, y en esa disyuntiva metafísica es en donde está el secreto de toda religión. El entrenador controla todo lo importante durante los momentos en que el fútbol no es importante (el entrenamiento), pero es un convidado de piedra durante los minutos en los cuales el fútbol es decisivo (los partidos).
Debe ser difícil, y hasta frustrante, estar en un banco técnico sin la posibilidad de hacer un gol, una gambeta, un desborde, de marcar a un rival, de presionar en el campo. Debe ser difícil contar sólo con la voz, y el mando, desde el banco de suplentes para indicarles a otros como deben manejar sus pies y sus cabezas. Debe ser difícil tener un libreto, escrito por uno, y actuado por otros.
En el fondo el técnico es un solitario que se aferra como un naufragio a su trabajo, y que depende de los otros para cobrar su sueldo. Todo técnico es una especie en vía de extinción, un solitario que vive su soledad con la impotencia de no ser el que juega, un cronopio que espera que sus dirigidos sigan su libreto, en un juego improvisado, y que sabe que él es apenas un director de orquesta, que sabe de música pero que sobre el escenario ya no la toca.
Debe ser muy difícil ser director técnico, entrenador o seleccionador, sobre todo cuando de dirigir a un país se trata. Hay boletas que uno compra para hacerse odiar. Hay apuestas que uno sabe de antemano que su probabilidad de que salgan mal es alta y a las cuales sin embargo uno le va.
Por eso me alegra que Jorge Luis Pinto empiece el año como técnico de Colombia. El es un tipo honrado, trabajador, preparado, pero sobre terco, y eso en un técnico de fútbol es garantía de personalidad. Pinto sabe en la que se metió.
Es muy fácil llorar al muerto, abrazar al deudo, o asistir al entierro. Pero es difícil mantener con vida a un paciente terminal. Pinto esperó su oportunidad, hizo la carrera, y ahora se la juega. Sé que a diferencia de otros técnicos, no se dejara meter las manos a la boca, convocar jugadores por presiones, alinear interés de otros y no personales. Sé que el no será un títere de la ineptitud de la dirigencia, sino un protagonista de su propia visión.
Pinto, tiene, eso si, todas las de perder, y por eso hay que apoyarlo aun más. Todo director de orquesta requiere buenos músicos, buenos instrumentos, y una buena partitura, pero sobre todo, requiere de un público que confíe en él. El futbolista no es más que un artista que vive por el aplauso y que requiere de él, para tocar con confianza.
No va a ser fácil dirigir una escuadra de figuras donde el que manda la orquesta no toca el instrumento, pero debe encargarse de que todo el sonido, en conjunto suene bien. No va a ser fácil dirigir a un país en unas eliminatorias en donde ya nadie nos tiene respeto, y en donde Colombia ha sido fácil de vencer. No va a ser fácil llevar de nuevo al país al convencimiento de la posibilidad y no acabar en el diván.
No va a ser fácil ser técnico de Colombia. Pero por eso mismo, apuesto por él, convencido que en un año nuevo no valen las voluntades sino las posibilidades, y que Colombia con él, pinta bien.
Ojala, ante las primeras adversidades no salgan los de siempre a pedir cabezas. Ojala que entendamos que la meta es el mundial, y que el director es el primer responsable de lo que suceda pero no el único, la cabeza visible de toda la orquesta pero no su único integrante.
Un concertista que debe seleccionar bien a sus músicos, tocar una partitura que conozca, pero sobre todo entender que la meta es el mundial. Un ateo cuya única fe, paradójicamente, es cimentarse sobre la misma religión…
Debe ser difícil, y hasta frustrante, estar en un banco técnico sin la posibilidad de hacer un gol, una gambeta, un desborde, de marcar a un rival, de presionar en el campo. Debe ser difícil contar sólo con la voz, y el mando, desde el banco de suplentes para indicarles a otros como deben manejar sus pies y sus cabezas. Debe ser difícil tener un libreto, escrito por uno, y actuado por otros.
En el fondo el técnico es un solitario que se aferra como un naufragio a su trabajo, y que depende de los otros para cobrar su sueldo. Todo técnico es una especie en vía de extinción, un solitario que vive su soledad con la impotencia de no ser el que juega, un cronopio que espera que sus dirigidos sigan su libreto, en un juego improvisado, y que sabe que él es apenas un director de orquesta, que sabe de música pero que sobre el escenario ya no la toca.
Debe ser muy difícil ser director técnico, entrenador o seleccionador, sobre todo cuando de dirigir a un país se trata. Hay boletas que uno compra para hacerse odiar. Hay apuestas que uno sabe de antemano que su probabilidad de que salgan mal es alta y a las cuales sin embargo uno le va.
Por eso me alegra que Jorge Luis Pinto empiece el año como técnico de Colombia. El es un tipo honrado, trabajador, preparado, pero sobre terco, y eso en un técnico de fútbol es garantía de personalidad. Pinto sabe en la que se metió.
Es muy fácil llorar al muerto, abrazar al deudo, o asistir al entierro. Pero es difícil mantener con vida a un paciente terminal. Pinto esperó su oportunidad, hizo la carrera, y ahora se la juega. Sé que a diferencia de otros técnicos, no se dejara meter las manos a la boca, convocar jugadores por presiones, alinear interés de otros y no personales. Sé que el no será un títere de la ineptitud de la dirigencia, sino un protagonista de su propia visión.
Pinto, tiene, eso si, todas las de perder, y por eso hay que apoyarlo aun más. Todo director de orquesta requiere buenos músicos, buenos instrumentos, y una buena partitura, pero sobre todo, requiere de un público que confíe en él. El futbolista no es más que un artista que vive por el aplauso y que requiere de él, para tocar con confianza.
No va a ser fácil dirigir una escuadra de figuras donde el que manda la orquesta no toca el instrumento, pero debe encargarse de que todo el sonido, en conjunto suene bien. No va a ser fácil dirigir a un país en unas eliminatorias en donde ya nadie nos tiene respeto, y en donde Colombia ha sido fácil de vencer. No va a ser fácil llevar de nuevo al país al convencimiento de la posibilidad y no acabar en el diván.
No va a ser fácil ser técnico de Colombia. Pero por eso mismo, apuesto por él, convencido que en un año nuevo no valen las voluntades sino las posibilidades, y que Colombia con él, pinta bien.
Ojala, ante las primeras adversidades no salgan los de siempre a pedir cabezas. Ojala que entendamos que la meta es el mundial, y que el director es el primer responsable de lo que suceda pero no el único, la cabeza visible de toda la orquesta pero no su único integrante.
Un concertista que debe seleccionar bien a sus músicos, tocar una partitura que conozca, pero sobre todo entender que la meta es el mundial. Un ateo cuya única fe, paradójicamente, es cimentarse sobre la misma religión…
Publicadas por
Andrés Gómez V.
Decalogo para futbolistas (2000)
Decálogo de un futbolista ganador
1. Fue un partido dificil pero, gracias a Dios, ganamos y sumamos que es lo importante. Además se
brindó un bonito espectáculo.
2. El triunfo de esta tarde se debe al trabajo que hacemos durante la semana, a la confianza del profe y los directivos que han creído en este grupo de jugadores. Además se brindó un bonito espectáculo.
3. Nooooo, el equipo rival era de respeto. Ellos también eran once, y no eran ni cojos ni mancos, por eso creo que fue un triunfo justo a pesar de lo apretado del marcador. Además se brindó un bonito espectáculo.
4. Aguantamos el chaparrón de los primeros minutos y ripostamos. Ellos llegaron tres veces pero tu sabes, en el fútbol no gana quien más llegue, sino quien más goles haga. Además se brindó un bonito espectáculo.
5.Este es un triunfo de todo el pueblo, se lo dedicamos a ellos y que ojalá la paz llegue. Además se brindó un bonito espectáculo.
6.No hay rival pequeño. En el futbol cada día se escribe la historia. Lo importantes es que se corrieron los noventa minutos. Además se brindó un bonito espectáculo.
7. Respetamos al rival, pero eso no quiere decir que no lo ataquemos. Esperamos haber demostrado la supremacía en los noventa minutos. Además se brindó un bonito espectáculo.
8. La jugada de gol, la preparamos durante la semana y hoy gracias a Dios, y al trabajo, se nos dio. Además se brindó un bonito espectáculo.
9.Dios sabe como hace sus cosas, hoy quiso que ganaramos pero quién sabe que querrá mañana. Por eso sólo nos queda trabajar. Además se brindó un bonito espectáculo.
10.Este no es un triunfo de un jugador, es un triunfo de un equipo, acá, en el club, son como hermanos y ya logré adaptarme al idioma y al clima. Además se brindó un bonito espectáculo.
Decálogo de un futbolista perdedor
1. Fue un juego difícil y tú sabes, que todos los equipos, aún los más grandes, tienen un mal día. Preciso hoy nos toco a nosotros. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
2.La derrota de esta tarde se veía venir. No es por nada, yo se que la ropa sucia se lava en casa, pero si hay jugadores, y no digo nombres porque para qué, a los que les falta guevos. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
3.Nooooo, el equipo rival era de respeto. Ellos también eran once, y no eran ni cojos ni mancos, por eso creo que la derrota fue justa a pesar de lo apretado del marcador. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
4.Aguantamos, pero no nos alcanzó. Ellos apenas crearon tres opciones de gol y nos las marcaron. Nosotros creamos cuatro, cinco, seis pero no convertimos ninguna. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
5.Quisimos brindarle al país un triunfo y la paz, pero lastimosamente el fútbol es así. Otra vez será. El fútbol es así, a veces se gana, a veces se pierde, y a veces se empata. Hoy nos tocó perder. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
6. No hay rival pequeño. En el fútbol cada día se escribe la historia. Lo importantes es que se corrieron los noventa minutos. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
7. Seguiremos trabajando. Yo creo que los jugadores pasan pero que las instituciones quedan y este equipo es muy grande. A la hinchada que siempre nos apoyó, que espere mejores cosas. Se brindó espectáculo, se hizo lo que se pudo, pero hay que estar concentrados los noventa minutos. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
8. ¿Qué quiere que le diga si perdimos? Igual mañana hay que ir a trabajar y esperamos hacer un mejor partido la próxima vez. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
9. Yo vi a mi equipo bien parado, jugaron bien, crearon opciones. El 0-0 es un resultado normal dentro de un campo de juego, grave sería si ellos nos hubieran ganado. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
10.Nooo, pues adaptándome al medio. Conociendo la comida. Lo más dificil es el idioma español, por eso no triunfo.
- ¿Pero usted no juega en España?
- Si, por eso...
Publicada en Calle22
1. Fue un partido dificil pero, gracias a Dios, ganamos y sumamos que es lo importante. Además se
brindó un bonito espectáculo.
2. El triunfo de esta tarde se debe al trabajo que hacemos durante la semana, a la confianza del profe y los directivos que han creído en este grupo de jugadores. Además se brindó un bonito espectáculo.
3. Nooooo, el equipo rival era de respeto. Ellos también eran once, y no eran ni cojos ni mancos, por eso creo que fue un triunfo justo a pesar de lo apretado del marcador. Además se brindó un bonito espectáculo.
4. Aguantamos el chaparrón de los primeros minutos y ripostamos. Ellos llegaron tres veces pero tu sabes, en el fútbol no gana quien más llegue, sino quien más goles haga. Además se brindó un bonito espectáculo.
5.Este es un triunfo de todo el pueblo, se lo dedicamos a ellos y que ojalá la paz llegue. Además se brindó un bonito espectáculo.
6.No hay rival pequeño. En el futbol cada día se escribe la historia. Lo importantes es que se corrieron los noventa minutos. Además se brindó un bonito espectáculo.
7. Respetamos al rival, pero eso no quiere decir que no lo ataquemos. Esperamos haber demostrado la supremacía en los noventa minutos. Además se brindó un bonito espectáculo.
8. La jugada de gol, la preparamos durante la semana y hoy gracias a Dios, y al trabajo, se nos dio. Además se brindó un bonito espectáculo.
9.Dios sabe como hace sus cosas, hoy quiso que ganaramos pero quién sabe que querrá mañana. Por eso sólo nos queda trabajar. Además se brindó un bonito espectáculo.
10.Este no es un triunfo de un jugador, es un triunfo de un equipo, acá, en el club, son como hermanos y ya logré adaptarme al idioma y al clima. Además se brindó un bonito espectáculo.
Decálogo de un futbolista perdedor
1. Fue un juego difícil y tú sabes, que todos los equipos, aún los más grandes, tienen un mal día. Preciso hoy nos toco a nosotros. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
2.La derrota de esta tarde se veía venir. No es por nada, yo se que la ropa sucia se lava en casa, pero si hay jugadores, y no digo nombres porque para qué, a los que les falta guevos. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
3.Nooooo, el equipo rival era de respeto. Ellos también eran once, y no eran ni cojos ni mancos, por eso creo que la derrota fue justa a pesar de lo apretado del marcador. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
4.Aguantamos, pero no nos alcanzó. Ellos apenas crearon tres opciones de gol y nos las marcaron. Nosotros creamos cuatro, cinco, seis pero no convertimos ninguna. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
5.Quisimos brindarle al país un triunfo y la paz, pero lastimosamente el fútbol es así. Otra vez será. El fútbol es así, a veces se gana, a veces se pierde, y a veces se empata. Hoy nos tocó perder. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
6. No hay rival pequeño. En el fútbol cada día se escribe la historia. Lo importantes es que se corrieron los noventa minutos. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
7. Seguiremos trabajando. Yo creo que los jugadores pasan pero que las instituciones quedan y este equipo es muy grande. A la hinchada que siempre nos apoyó, que espere mejores cosas. Se brindó espectáculo, se hizo lo que se pudo, pero hay que estar concentrados los noventa minutos. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
8. ¿Qué quiere que le diga si perdimos? Igual mañana hay que ir a trabajar y esperamos hacer un mejor partido la próxima vez. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
9. Yo vi a mi equipo bien parado, jugaron bien, crearon opciones. El 0-0 es un resultado normal dentro de un campo de juego, grave sería si ellos nos hubieran ganado. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
10.Nooo, pues adaptándome al medio. Conociendo la comida. Lo más dificil es el idioma español, por eso no triunfo.
- ¿Pero usted no juega en España?
- Si, por eso...
Publicada en Calle22
Publicadas por
Andrés Gómez V.
El valor de un segundo (2000)
El fútbol es como un agucero inseperado. Como una procesión de gotas. Como un lamento de lluvia. A veces cuando uno sale con la esperanza de encontrar una gota para un día triste esta no aparece. En cambio, a veces, cuando uno sale dispuesto a buscar un día de sol, la lluvia se le topa en medio del camino.
Esa es la belleza de la lluvia. Es predecible pero no siempre confiable. No sigue un libreto. No es obvia ni rutinaria. No suma dos más dos para hacer cuatro gotas, sino que forma una sola. Siempre deja un espacio para la sorpresa, para un inesperado. Igual que el fútbol, igual que ese deporte que le cambia la vida a muchos en un segundo. En ese fragmento corto de tiempo en que usted se demora en leer la palabra día, en que se gasta en evadir la vida y encontrar la muerte. El fútbol es una metáfora de la vida. La vida es una metáfora que se explica con el fútbol.
En un segundo, un hombre se puede quitar la vida. Entregarse a la muerte con un sólo disparo. O entregarse a la vida con un nacimiento. Un segundo en realidad puede ser todo y ser nada. Un equipo puede ganar en esa fracción o perder para siempre. A Colombia, a nuestra selección, le tocó lo segundo, entregarse al "dolor" y abandonar el estadio de Morumbí con una sensación de tristeza pero llevándose algo que sólo valoró después.
Es cierto, un segundo antes Colombia tenía el cuerpo invadido por tropas de felicidad. Es cierto, un segundo antes Colombia entera, el país que se paraliza buscando la felicidad en un juego de fútbol sonreía con esa sonrisa complice de sentirse parte de los triunfos.
Pero es que la vida cambia en un segundo. Roque Junior, el enorme número cuatro de Brasil, cabeceó sin que nadie lo vieran. Cabeceó como un aguacero imperceptible en un día de sol. En un segundo él, sólo él, derrumbó a un país. Acabó con la supuesta ilusión que daba el empate.
Pero yo le preguntó a usted, lector, hincha del futbol que aguanta las palabras como quien espera su turno para cobrar un penal en una interminable fila india, le pregunto si usted realmente se sintió triste con la derrota. Con la gota de lluvia que cayó. Si usted realmente siente que se perdió todo.
Es cierto, me dirá usted, uno juega para ganar, el triunfo da puntos, y lleva a un mundial, pero también es cierto, le digo yo, que un día de sol no se daña por una simple gota. Brasil ganó pero no celebró con el alma, Colombia perdió pero no se entregó al llanto.
El fútbol no puede ser un juego sólo cuantificable, sólo anecdotario lleno de 1-0, 2-0, mil ceros. No puede ser sólo una imagen consignada numéricamente en el papel. El fútbol es toda la tarde de sol y no unicamente el momento de lluvia.
Aunque esta con su belleza nos recuerde que gracias a dios el fútbol no es lógico, ni actua bajo libreto.
El miércoles pasado, al minuto 47 con 46 segundos a Colombia le llovío en el área del alma, pero le llovió una lluvia buena.
El miércoles, que quede claro, no perdimos por aguacero. Tan sólo disfrutamos de una gota que nos hizo revalorar el tiempo. Que nos hizo revalorar el valor de la grandeza de un segundo.
Publicada en Calle22
Esa es la belleza de la lluvia. Es predecible pero no siempre confiable. No sigue un libreto. No es obvia ni rutinaria. No suma dos más dos para hacer cuatro gotas, sino que forma una sola. Siempre deja un espacio para la sorpresa, para un inesperado. Igual que el fútbol, igual que ese deporte que le cambia la vida a muchos en un segundo. En ese fragmento corto de tiempo en que usted se demora en leer la palabra día, en que se gasta en evadir la vida y encontrar la muerte. El fútbol es una metáfora de la vida. La vida es una metáfora que se explica con el fútbol.
En un segundo, un hombre se puede quitar la vida. Entregarse a la muerte con un sólo disparo. O entregarse a la vida con un nacimiento. Un segundo en realidad puede ser todo y ser nada. Un equipo puede ganar en esa fracción o perder para siempre. A Colombia, a nuestra selección, le tocó lo segundo, entregarse al "dolor" y abandonar el estadio de Morumbí con una sensación de tristeza pero llevándose algo que sólo valoró después.
Es cierto, un segundo antes Colombia tenía el cuerpo invadido por tropas de felicidad. Es cierto, un segundo antes Colombia entera, el país que se paraliza buscando la felicidad en un juego de fútbol sonreía con esa sonrisa complice de sentirse parte de los triunfos.
Pero es que la vida cambia en un segundo. Roque Junior, el enorme número cuatro de Brasil, cabeceó sin que nadie lo vieran. Cabeceó como un aguacero imperceptible en un día de sol. En un segundo él, sólo él, derrumbó a un país. Acabó con la supuesta ilusión que daba el empate.
Pero yo le preguntó a usted, lector, hincha del futbol que aguanta las palabras como quien espera su turno para cobrar un penal en una interminable fila india, le pregunto si usted realmente se sintió triste con la derrota. Con la gota de lluvia que cayó. Si usted realmente siente que se perdió todo.
Es cierto, me dirá usted, uno juega para ganar, el triunfo da puntos, y lleva a un mundial, pero también es cierto, le digo yo, que un día de sol no se daña por una simple gota. Brasil ganó pero no celebró con el alma, Colombia perdió pero no se entregó al llanto.
El fútbol no puede ser un juego sólo cuantificable, sólo anecdotario lleno de 1-0, 2-0, mil ceros. No puede ser sólo una imagen consignada numéricamente en el papel. El fútbol es toda la tarde de sol y no unicamente el momento de lluvia.
Aunque esta con su belleza nos recuerde que gracias a dios el fútbol no es lógico, ni actua bajo libreto.
El miércoles pasado, al minuto 47 con 46 segundos a Colombia le llovío en el área del alma, pero le llovió una lluvia buena.
El miércoles, que quede claro, no perdimos por aguacero. Tan sólo disfrutamos de una gota que nos hizo revalorar el tiempo. Que nos hizo revalorar el valor de la grandeza de un segundo.
Publicada en Calle22
Publicadas por
Andrés Gómez V.
Decálogo del Perfecto Periodista chibchombiano.
Regla número uno
Invéntese palabras para describir los objetos. Por ejemplo, no diga nunca el volante de creación Raúl Ramírez pateó el balón. Diga en cambio: el jugador albiazul marcado con la blusa seis en la espalda, le pegó a la chiquita, a la pecosa, a la esférica, al útil, a la redonda. Eso da status, es decir cache, como a William Winasco Ch.
Regla número dos
Hable lo más rebuscado y sin sentido que pueda. Invéntese adjetivos, verbos, (si sabe que son). No diga nunca el jugador se levanta del piso. Sea gráfico. Diga, por ejemplo, el jugador se verticalizó. No diga tarjeta roja sino epiteto bermejo y para la amarilla el acrílico hepático. No diga jugar en el medio campo sino volantear.
Regla número tres
Pronuncie la letra "x" como la "t", así podrá decir etcelente, en lugar de excelente. Cambie la letra "p" por la "k", así dirá Millos es okcionado a ganar. Construya frases propias. El sectimo partido será el definitorio para saber cual de estos será el prótsimo campeón del fúbol colombiano. Cambie el acento de los equipos extranjeros. En lugar de Rumania, diga Rumanía.
Regla número cuatro
Póngase nombre gala. Nada de Andrés, Felipe o Carlos. Sólo Weimar, Edwin, Adolfo, William. Eso sí, ponga música en las transmisiones, ambiente el partido y hágase un jingle bien creativo con su nombre. Por ejemplo "Benjamín, Benjamín, narrador con mucho swing"
Regla número cinco
Apréndase el mayor número de lugares comunes. Por ejemplo: el balón pasó silbando por el vertical. Juego limpio por favor. El partido se acaba al minuto 90, no antes. Donde manda capitán no manda marinero. Al cesar lo que es del cesar. Hay que aguntar el chaparrón de los primeros quince. Apague y vamonos. El que no los hace los ve hacer. La mejor defensa es el ataque.
Regla número seis
Ponga apodos a los jugadores. A Carlos Valencia dígale "el pitillo"; a Eduardo Pimentel "el bochica"; a Sergio Gonzales "el botija". En fin, sea lo más creativo. Si el jugador es chiquito bautícelo "el pitufo". Si es alto, "el Armario" o "la jirafa". A los de apellido Pérez coloquele, no les ponga, el remoquete de "el ratón".
Regla número siete
Lea de todo menos de fútbol. Aprenda a gritar. Está comprobado que entre menos sepa pero más duro hable, más posibilidades hay de triunfar.
Regla número ocho
Cuando este aburrido de viajar y viajar, de que le paguen por ver fútbol, métase de candidato a lo que sea. No importa. Igual entre un buen político y un periodista deportivo no hay mucha diferencia.
Regla número nueve
Acomode sus cometarios siempre al resultado. Eso da credibilidad. Si el equipo que usted admira gana , diga que usted lo había dicho; si pierde, diga que usted lo había advertido. Si empata, que ese resultado se venía venir.
Regla número diez
Cuando en los consejos de redacción le pidan temás y no sepa que escribir, proponga un artículo contra sus colegas. Eso nunca falla y siempre da buenos resultados. Además le da fama de creativo.
Publicado en Calle22
Invéntese palabras para describir los objetos. Por ejemplo, no diga nunca el volante de creación Raúl Ramírez pateó el balón. Diga en cambio: el jugador albiazul marcado con la blusa seis en la espalda, le pegó a la chiquita, a la pecosa, a la esférica, al útil, a la redonda. Eso da status, es decir cache, como a William Winasco Ch.
Regla número dos
Hable lo más rebuscado y sin sentido que pueda. Invéntese adjetivos, verbos, (si sabe que son). No diga nunca el jugador se levanta del piso. Sea gráfico. Diga, por ejemplo, el jugador se verticalizó. No diga tarjeta roja sino epiteto bermejo y para la amarilla el acrílico hepático. No diga jugar en el medio campo sino volantear.
Regla número tres
Pronuncie la letra "x" como la "t", así podrá decir etcelente, en lugar de excelente. Cambie la letra "p" por la "k", así dirá Millos es okcionado a ganar. Construya frases propias. El sectimo partido será el definitorio para saber cual de estos será el prótsimo campeón del fúbol colombiano. Cambie el acento de los equipos extranjeros. En lugar de Rumania, diga Rumanía.
Regla número cuatro
Póngase nombre gala. Nada de Andrés, Felipe o Carlos. Sólo Weimar, Edwin, Adolfo, William. Eso sí, ponga música en las transmisiones, ambiente el partido y hágase un jingle bien creativo con su nombre. Por ejemplo "Benjamín, Benjamín, narrador con mucho swing"
Regla número cinco
Apréndase el mayor número de lugares comunes. Por ejemplo: el balón pasó silbando por el vertical. Juego limpio por favor. El partido se acaba al minuto 90, no antes. Donde manda capitán no manda marinero. Al cesar lo que es del cesar. Hay que aguntar el chaparrón de los primeros quince. Apague y vamonos. El que no los hace los ve hacer. La mejor defensa es el ataque.
Regla número seis
Ponga apodos a los jugadores. A Carlos Valencia dígale "el pitillo"; a Eduardo Pimentel "el bochica"; a Sergio Gonzales "el botija". En fin, sea lo más creativo. Si el jugador es chiquito bautícelo "el pitufo". Si es alto, "el Armario" o "la jirafa". A los de apellido Pérez coloquele, no les ponga, el remoquete de "el ratón".
Regla número siete
Lea de todo menos de fútbol. Aprenda a gritar. Está comprobado que entre menos sepa pero más duro hable, más posibilidades hay de triunfar.
Regla número ocho
Cuando este aburrido de viajar y viajar, de que le paguen por ver fútbol, métase de candidato a lo que sea. No importa. Igual entre un buen político y un periodista deportivo no hay mucha diferencia.
Regla número nueve
Acomode sus cometarios siempre al resultado. Eso da credibilidad. Si el equipo que usted admira gana , diga que usted lo había dicho; si pierde, diga que usted lo había advertido. Si empata, que ese resultado se venía venir.
Regla número diez
Cuando en los consejos de redacción le pidan temás y no sepa que escribir, proponga un artículo contra sus colegas. Eso nunca falla y siempre da buenos resultados. Además le da fama de creativo.
Publicado en Calle22
Publicadas por
Andrés Gómez V.
Carta abierta al Pibe (2000)
Estimado Pibe:
Quisiera que las noticias que oigo no fueran ciertas. Que el llamado que le hacen para que vuelva a la selección sea otra mentira más. Y se lo digo porque lo aprecio y lo respeto. Porque amo el fútbol por jugadores como usted. Porque desde que usted empezó a probar suerte en Millonarios y era un simple futbolista más que soñaba con alcanzar la fama en el año de 1984, yo lo sigo y lo aplaudo.
Lo he visto tener el balón en sus pies e inventarse una jugada mágica, lo he visto, como un mago con su cubilete, sacar pases maravillosos, hacer gambetas y goles imposibles para un mortal. Lo he visto triunfar en el Deportivo Cali cuando junto a Bernardo Redín hacían una dupla de maravilla. Es más, lo vi en el mundial de Italia asombrar a un público que ya lo quería y le aplaudía su valentía sobre la cancha. Déjeme decirle que usted es un valiente en un mundo cobarde, porque enfrentar los esquemas tácticos, las figuras zonales y la presión, y todas esa mentira del fútbol moderno, es ser un poeta sobre la cancha. Porque usted fue y será un soñador del fútbol que lo jugó con el alma y no con los pies.
No olvide que ahora es escaso y extraño el que hace pases perfectos a un compañero sin importar lo que el técnico diga, el que se inventa un túnel cuando la orden es defender. No olvide que sus compañeros, al no poder aplaudirlo, lo felicitan con el gol.
Usted demostró por años que el fútbol seguía siendo arte, acto humano, exploración del alma, porque usted fue el primer colombiano en triunfar en Europa, en contagiar a Montpellier, Francia, con ese talento único de poner el balón en el lugar y en el tiempo perfecto, pequeño dios, y robarse señales de agradecimiento de los hinchas propios y contrarios, que sabían que el fútbol espectáculo con usted no moría porque usted le daba alegría a lo más simple del fútbol: el hincha.
Porque cuando se fue a Valladolid, España, y la gente lo aplaudía, lo reconocía por la cancha, por la calle, uno como colombiano se sentía un poquito mejor, se sentía más orgulloso de ser latino. Cuando en USA 94 usted era comparado con los grandes uno se ponía su peluca con fe, porque como ella, usted nunca perdió su alegría.
¿Sabe? lo seguí en Barranquilla, con el Junior, y ahora sigo su fútbol en Estados Unidos, allí veo a la gente feliz porque usted es un símbolo no sólo del fútbol colombiano sino mundial, porque cuando pequeño todos nos pedimos alguna vez, en alguna cancha extraña, ser usted y tratamos de eludir a un amigo con sus fintas. Porque usted es y será el verdadero diez de la Selección Colombía, así su fútbol sea el de cuarenta millones de personas.
No quiero excederme más. Por eso, y por mil cosas que las palabras no alcanzan a decirle, quiero expresarle a usted, Carlos Valderrama, el que va a cumplir 39 años de edad, el que mereció ganar más trofeos de los que tiene, incluyendo el de mejor jugador de América en dos ocasiones, el mismo que pasó de pescadito a Wembley, que por favor NO vuelva a la selección, que no acepte hoy ni nunca más ese llamado de los técnicos y periodistas porque usted ya no juega al fútbol en un césped, porque usted -ahora y para siempre- es un habitante de ese campo que nunca termina, de ese rectángulo infinito llamado alma y cada colombiano que lo quiere y lo respeta sabe que por lo que es, lo que fue y lo que representa, ya no debe salir al campo real nunca más.
Atentamente,
Andrés Gómez V
Publicada en Calle22
Quisiera que las noticias que oigo no fueran ciertas. Que el llamado que le hacen para que vuelva a la selección sea otra mentira más. Y se lo digo porque lo aprecio y lo respeto. Porque amo el fútbol por jugadores como usted. Porque desde que usted empezó a probar suerte en Millonarios y era un simple futbolista más que soñaba con alcanzar la fama en el año de 1984, yo lo sigo y lo aplaudo.
Lo he visto tener el balón en sus pies e inventarse una jugada mágica, lo he visto, como un mago con su cubilete, sacar pases maravillosos, hacer gambetas y goles imposibles para un mortal. Lo he visto triunfar en el Deportivo Cali cuando junto a Bernardo Redín hacían una dupla de maravilla. Es más, lo vi en el mundial de Italia asombrar a un público que ya lo quería y le aplaudía su valentía sobre la cancha. Déjeme decirle que usted es un valiente en un mundo cobarde, porque enfrentar los esquemas tácticos, las figuras zonales y la presión, y todas esa mentira del fútbol moderno, es ser un poeta sobre la cancha. Porque usted fue y será un soñador del fútbol que lo jugó con el alma y no con los pies.
No olvide que ahora es escaso y extraño el que hace pases perfectos a un compañero sin importar lo que el técnico diga, el que se inventa un túnel cuando la orden es defender. No olvide que sus compañeros, al no poder aplaudirlo, lo felicitan con el gol.
Usted demostró por años que el fútbol seguía siendo arte, acto humano, exploración del alma, porque usted fue el primer colombiano en triunfar en Europa, en contagiar a Montpellier, Francia, con ese talento único de poner el balón en el lugar y en el tiempo perfecto, pequeño dios, y robarse señales de agradecimiento de los hinchas propios y contrarios, que sabían que el fútbol espectáculo con usted no moría porque usted le daba alegría a lo más simple del fútbol: el hincha.
Porque cuando se fue a Valladolid, España, y la gente lo aplaudía, lo reconocía por la cancha, por la calle, uno como colombiano se sentía un poquito mejor, se sentía más orgulloso de ser latino. Cuando en USA 94 usted era comparado con los grandes uno se ponía su peluca con fe, porque como ella, usted nunca perdió su alegría.
¿Sabe? lo seguí en Barranquilla, con el Junior, y ahora sigo su fútbol en Estados Unidos, allí veo a la gente feliz porque usted es un símbolo no sólo del fútbol colombiano sino mundial, porque cuando pequeño todos nos pedimos alguna vez, en alguna cancha extraña, ser usted y tratamos de eludir a un amigo con sus fintas. Porque usted es y será el verdadero diez de la Selección Colombía, así su fútbol sea el de cuarenta millones de personas.
No quiero excederme más. Por eso, y por mil cosas que las palabras no alcanzan a decirle, quiero expresarle a usted, Carlos Valderrama, el que va a cumplir 39 años de edad, el que mereció ganar más trofeos de los que tiene, incluyendo el de mejor jugador de América en dos ocasiones, el mismo que pasó de pescadito a Wembley, que por favor NO vuelva a la selección, que no acepte hoy ni nunca más ese llamado de los técnicos y periodistas porque usted ya no juega al fútbol en un césped, porque usted -ahora y para siempre- es un habitante de ese campo que nunca termina, de ese rectángulo infinito llamado alma y cada colombiano que lo quiere y lo respeta sabe que por lo que es, lo que fue y lo que representa, ya no debe salir al campo real nunca más.
Atentamente,
Andrés Gómez V
Publicada en Calle22
Publicadas por
Andrés Gómez V.
La felicidad y la sonrisa (2000)
La tarde del domingo pasado la sonrisa peleó con la felicidad. Ésta última la venció por golpes y no por nocaut, como dice la costumbre que debe ser. Sin embargo, nadie se dio cuenta. Al día siguiente los periódicos titularon con la sonrisa tratando de esconder la felicidad. Una costumbre muy costumbre en un deporte y en un país donde un 3-0 basta para todo.
La Selección Colombia ganó, pero una cosa es ganar, ser sonrisa, y otra gustar, ser felicidad. Aunque sea más fácil hablar de lo primero que de lo último. Aunque sea más fácil esconder la tristeza del alma bajo el movimiento de la máscara que dejarle a la sonrisa un breve espacio.
Colombia ganó, eso es cierto ¿pero alegró el alma? ¿Dejó algo para después de los noventa minutos? ¿Para el camino a casa? ¿Dejó algo para el recuerdo? ¿Para la vejez? ¿Para alguna tarde lluviosa junto a un café?...
La verdad es que no. Colombia no fue un equipo sólido ni en ataque ni en defensa. Cometió errores. No jugó un fútbol de pases y de toques, de alegría para la tribuna. Ganó y eso para muchos basta. Como una sonrisa en tristeza. Pero yo creo, y por eso he creído siempre en el fútbol, que el marcador es tan sólo una anécdota del juego. Porque el que fue al estadio fue a divertirse. A escapar de la monotonía. Del ritual. De la pobreza. De la soledad. Porque el que compró una boleta lo hizo para ir a una fiesta y no a un funeral. Porque el que lo vio por televisión o por radio lo hizo para alegrar la existencia y no para celebrar tres goles que, al fin y al cabo, con el tiempo pasarán. Claro, podrán decir muchos, en la eliminatorias no importa el si se juega bien o mal, sino el si se gana o no. Fútbol maquiavélico, digo yo. Fútbol triste...
Porque no puede bastar un resultado para vencer la tristeza. Para sonreír. Para seguir vivo. Debe bastar algo más: una jugada para la posteridad o el recuerdo. Un Juan Pablo Montoya alegrando de adentro el alma porque lo hace tan bien que parece irreal. ¿O acaso dentro de tres, trece, veinte años alguien se va acordar de aquel día que Colombia le ganó a Venezuela 3-0 en El Campín?. ¿Acaso mañana alguien va a volver a hablar del juego más allá del resultado?. Con seguridad no, porque lo único que hay es un marcador pero no felicidad. Entonces el fútbol es algo vano, numérico, algo que no vale la pena llevar a la posteridad. Cómo una caricia de una mujer, por más hermosa que ella sea, a la que no se ama.
Asunto triste. Asunto serio. Tres goles, cuatro, cinco no sirven si el equipo que se ama no hace nada por el espectáculo. Si no vence en el tiempo a la posteridad. El fútbol no es de números sino de pasiones. Si no todos serían hinchas del mismo equipo. Del que más ha ganado.
Es cierto, nadie paga para ver perder a su equipo. El fútbol no es sádico. Pero como sería de alegre, de hermoso, de épico, cuando primaran más en el juego los pases, las gambetas, la memoria que el mismo resultado. Cómo sería de hermoso ver salir a un equipo derrotado pero aplaudido, llevado al más allá. Alemania quedó campeona en el 74, eso dicen los resultados, pero el alma, que habla otro lenguaje, dice que Holanda fue el que le aportó al juego, al arte. Por eso, a pesar de que los alemanes se llevaron las medallas, los holandeses se llevaron los aplausos y muchos recuerdan a la Naranja Mecánica y no a los teutones.
Claro está que eso en Colombia, o cualquier otro lugar del mundo, poco importa. Nosotros, los hinchas, nos hemos vuelto númericos y no sensibles. Dependientes de resultados y no de estados del alma. Aquí y allá importa más el frío marcador que lo que quede para la memoria.
Lo único cierto es que el día de la muerte espero hacerlo con el recuerdo de una jugada hermosa, aunque sea escasa, aunque sea improductiva para otros, aunque no haya sido gol, que con el marcador mentiroso de un partido de fútbol.
Preferiré morir en felicidad y no en sonrisa. Nadie quiere ser un payaso con el alma vacía...
Publicado en Calle22
La Selección Colombia ganó, pero una cosa es ganar, ser sonrisa, y otra gustar, ser felicidad. Aunque sea más fácil hablar de lo primero que de lo último. Aunque sea más fácil esconder la tristeza del alma bajo el movimiento de la máscara que dejarle a la sonrisa un breve espacio.
Colombia ganó, eso es cierto ¿pero alegró el alma? ¿Dejó algo para después de los noventa minutos? ¿Para el camino a casa? ¿Dejó algo para el recuerdo? ¿Para la vejez? ¿Para alguna tarde lluviosa junto a un café?...
La verdad es que no. Colombia no fue un equipo sólido ni en ataque ni en defensa. Cometió errores. No jugó un fútbol de pases y de toques, de alegría para la tribuna. Ganó y eso para muchos basta. Como una sonrisa en tristeza. Pero yo creo, y por eso he creído siempre en el fútbol, que el marcador es tan sólo una anécdota del juego. Porque el que fue al estadio fue a divertirse. A escapar de la monotonía. Del ritual. De la pobreza. De la soledad. Porque el que compró una boleta lo hizo para ir a una fiesta y no a un funeral. Porque el que lo vio por televisión o por radio lo hizo para alegrar la existencia y no para celebrar tres goles que, al fin y al cabo, con el tiempo pasarán. Claro, podrán decir muchos, en la eliminatorias no importa el si se juega bien o mal, sino el si se gana o no. Fútbol maquiavélico, digo yo. Fútbol triste...
Porque no puede bastar un resultado para vencer la tristeza. Para sonreír. Para seguir vivo. Debe bastar algo más: una jugada para la posteridad o el recuerdo. Un Juan Pablo Montoya alegrando de adentro el alma porque lo hace tan bien que parece irreal. ¿O acaso dentro de tres, trece, veinte años alguien se va acordar de aquel día que Colombia le ganó a Venezuela 3-0 en El Campín?. ¿Acaso mañana alguien va a volver a hablar del juego más allá del resultado?. Con seguridad no, porque lo único que hay es un marcador pero no felicidad. Entonces el fútbol es algo vano, numérico, algo que no vale la pena llevar a la posteridad. Cómo una caricia de una mujer, por más hermosa que ella sea, a la que no se ama.
Asunto triste. Asunto serio. Tres goles, cuatro, cinco no sirven si el equipo que se ama no hace nada por el espectáculo. Si no vence en el tiempo a la posteridad. El fútbol no es de números sino de pasiones. Si no todos serían hinchas del mismo equipo. Del que más ha ganado.
Es cierto, nadie paga para ver perder a su equipo. El fútbol no es sádico. Pero como sería de alegre, de hermoso, de épico, cuando primaran más en el juego los pases, las gambetas, la memoria que el mismo resultado. Cómo sería de hermoso ver salir a un equipo derrotado pero aplaudido, llevado al más allá. Alemania quedó campeona en el 74, eso dicen los resultados, pero el alma, que habla otro lenguaje, dice que Holanda fue el que le aportó al juego, al arte. Por eso, a pesar de que los alemanes se llevaron las medallas, los holandeses se llevaron los aplausos y muchos recuerdan a la Naranja Mecánica y no a los teutones.
Claro está que eso en Colombia, o cualquier otro lugar del mundo, poco importa. Nosotros, los hinchas, nos hemos vuelto númericos y no sensibles. Dependientes de resultados y no de estados del alma. Aquí y allá importa más el frío marcador que lo que quede para la memoria.
Lo único cierto es que el día de la muerte espero hacerlo con el recuerdo de una jugada hermosa, aunque sea escasa, aunque sea improductiva para otros, aunque no haya sido gol, que con el marcador mentiroso de un partido de fútbol.
Preferiré morir en felicidad y no en sonrisa. Nadie quiere ser un payaso con el alma vacía...
Publicado en Calle22
Publicadas por
Andrés Gómez V.
Un hincha burgués (2000)
Por años la costumbre se repitió. Se hizo igual domingo tras domingo. Se hizo ruego. Rezo. Imploración. Cuando él salía a la cancha era como ver a un dios pisando el templo sagrado. Todo en las tribunas era algarabía, felicidad, aplausos, papel picado y pólvora. Uno lo quería como si hubiera estado toda la vida, como si fuera una extensión más de la camiseta, de los triunfos. Hasta los hinchas de diferente equipo, de diferente religión, lo respetaban. Era un ícono sagrado, un jugador que lograba el acto supremo del fútbol, unir su alma con la de la hinchada. Ser uno solo sin importar si se estaba en las gradas o en el césped.
Héctor Walter Burgues representó para los hinchas de Millonarios eso. Esa imagen que cada club tiene y maneja con su propio nombre. Él llegó en 1987 como uno más de los extranjeros que a menudo jugaban en el equipo. Su físico no hacía presagiar que sería un buen arquero. Era algo grueso, algo gordo, algo pesado. Sin embargo, el día en que debutó, en un clásico ante Independiente Santa Fe, todos supieron que ese uruguayo era especial. Muy pronto, a los cinco minutos, Witinghan, delantero rojo, le lanzó un zapatazo en las cinco con cincuenta acompañado de un rumor de gol y él, el arquero algo grueso, algo gordo, algo pesado, voló como si pesara veinte kilos, tapó el disparo y sonrió. El romance comenzaba. La tribuna le brindó el primero de los miles de aplausos.
Entonces Burgues se fue convirtiendo en figura. Atajando lo inatajable, siendo el arquero antipenal, el único jugador que siempre alegraba el alma a pesar de perder 4-0 o 20-0. Al que se le perdonaba cualquier error. Al fin y al cabo, era el único que entregaba todo en cada juego, que siempre era titular indiscutible. De un momento a otro se convirtió en la estrella catorce de un equipo que solo había ganado trece.
La tribuna y él entablaron una relación especial. Los hinchas lo querían con el alma. Los cantos aparecieron. “Uruguayo...Uruguayo”. Las voces se fueron convirtiendo en algo normal, su nombre fue lugar común en los titulares de prensa, fue una repetición del infinito: “Burgues salvó a Millos”, “San Burgues” “Burgues la figura” “Burgues evitó la agonía” “Burgues el dios” y de repente de la tribuna, de la popular, de ese lugar en el estadio donde todos son santos, surgió un grito del alma cantado a todas las voces: “uruguayo, uruguayo, uruguayo sos un dios, desde que a Millos llegaste ya no le tememos al gol”.
Fue la fiesta total, la alegría, la euforia. La comunión. Cada vez que él saltaba a la cancha las miradas caían sobre él. Entraba y salía de la cancha aplaudido sin importar el resultado. Entraba y salía como lo que era: un dios.
Pero un día los dirigentes, esos ladrones que nunca han jugado al fútbol y que lo administran como una hoja de perdidas y ganancias, decidieron dejarlo ir. Cederle su pase y entregarlo a otro equipo. Más valían los dólares que se le debían, que pagarle por su amor al equipo. Más valía ahorrarse un sueldo de un dios que pagarle a diez diablos más sus salarios.
Por eso, más allá de los resultados, Millonarios empezó a perder sus partidos por autogol. Sus dirigentes acabaron con el ídolo y este terminó en un equipo chico, refugiado y tapando para pagar el colegio de sus hijos.
Claro que su recuerdo nunca acabó. La alegría de verlo en la cancha fue siempre una ilusión. Un día volvió a su cancha, tuvo que enfrentar a su equipo amado, jugar contra los que antes lo aplaudían, evitar los goles que antes celebraban, tragarse las lágrimas.
Pero lejos de ser silbado, de ser gritado, fue de nuevo aplaudido. Todo, porque un jugador insignia de un equipo, todo porque un jugador que juega en un conjunto con el alma y se funde con el, será siempre, a pesar de la camiseta que lleve, parte de la institución.
Hector Walter Burgues siempre será de Millonarios pues quienes nacen con sangre azul nunca dejan de tenerla...
Publicada en Calle22
Héctor Walter Burgues representó para los hinchas de Millonarios eso. Esa imagen que cada club tiene y maneja con su propio nombre. Él llegó en 1987 como uno más de los extranjeros que a menudo jugaban en el equipo. Su físico no hacía presagiar que sería un buen arquero. Era algo grueso, algo gordo, algo pesado. Sin embargo, el día en que debutó, en un clásico ante Independiente Santa Fe, todos supieron que ese uruguayo era especial. Muy pronto, a los cinco minutos, Witinghan, delantero rojo, le lanzó un zapatazo en las cinco con cincuenta acompañado de un rumor de gol y él, el arquero algo grueso, algo gordo, algo pesado, voló como si pesara veinte kilos, tapó el disparo y sonrió. El romance comenzaba. La tribuna le brindó el primero de los miles de aplausos.
Entonces Burgues se fue convirtiendo en figura. Atajando lo inatajable, siendo el arquero antipenal, el único jugador que siempre alegraba el alma a pesar de perder 4-0 o 20-0. Al que se le perdonaba cualquier error. Al fin y al cabo, era el único que entregaba todo en cada juego, que siempre era titular indiscutible. De un momento a otro se convirtió en la estrella catorce de un equipo que solo había ganado trece.
La tribuna y él entablaron una relación especial. Los hinchas lo querían con el alma. Los cantos aparecieron. “Uruguayo...Uruguayo”. Las voces se fueron convirtiendo en algo normal, su nombre fue lugar común en los titulares de prensa, fue una repetición del infinito: “Burgues salvó a Millos”, “San Burgues” “Burgues la figura” “Burgues evitó la agonía” “Burgues el dios” y de repente de la tribuna, de la popular, de ese lugar en el estadio donde todos son santos, surgió un grito del alma cantado a todas las voces: “uruguayo, uruguayo, uruguayo sos un dios, desde que a Millos llegaste ya no le tememos al gol”.
Fue la fiesta total, la alegría, la euforia. La comunión. Cada vez que él saltaba a la cancha las miradas caían sobre él. Entraba y salía de la cancha aplaudido sin importar el resultado. Entraba y salía como lo que era: un dios.
Pero un día los dirigentes, esos ladrones que nunca han jugado al fútbol y que lo administran como una hoja de perdidas y ganancias, decidieron dejarlo ir. Cederle su pase y entregarlo a otro equipo. Más valían los dólares que se le debían, que pagarle por su amor al equipo. Más valía ahorrarse un sueldo de un dios que pagarle a diez diablos más sus salarios.
Por eso, más allá de los resultados, Millonarios empezó a perder sus partidos por autogol. Sus dirigentes acabaron con el ídolo y este terminó en un equipo chico, refugiado y tapando para pagar el colegio de sus hijos.
Claro que su recuerdo nunca acabó. La alegría de verlo en la cancha fue siempre una ilusión. Un día volvió a su cancha, tuvo que enfrentar a su equipo amado, jugar contra los que antes lo aplaudían, evitar los goles que antes celebraban, tragarse las lágrimas.
Pero lejos de ser silbado, de ser gritado, fue de nuevo aplaudido. Todo, porque un jugador insignia de un equipo, todo porque un jugador que juega en un conjunto con el alma y se funde con el, será siempre, a pesar de la camiseta que lleve, parte de la institución.
Hector Walter Burgues siempre será de Millonarios pues quienes nacen con sangre azul nunca dejan de tenerla...
Publicada en Calle22
Publicadas por
Andrés Gómez V.
El amor nunca muere (2000)
Hay un estadio vacío. Una tarde de domingo con olor a recuerdo. Hay un equipo que ya no juega. Que ya no invita a la sonrisa. En la cancha de siempre, la que se contruye en el imaginario de tanto vistarla, ya nadie habita, ya nadie hace un pase para un gol. En el medio del campo una mujer se aleja con otro hombre. Una mujer igual a la que uno amó. Un fantasma disfrazado de contemporaneidad. Pequeña muerte, dicen algunos, alegre muerte, digo yo.
El fútbol es como la vida. Corremos a dormirnos para alejarnos de la realidad, para inventarnos trincheras que conduzcan a laberintos y, sin embargo, no podemos cambiar más allá de ese momento el dolor que es real.
El torneo colombiano, por lo menos como excusa, como inventario de la felicidad, como dato curioso, ya acabó para nosotros los hinchas de sangre azul. Los que hoy aún creemos que todo es un mal sueño, una pesadilla llena de dolor. Un sueño que ruego fuera viceversa.
Millos no queda eliminado. Santa Fe gana el cupo a la Libertadores. América no vuelve a ganar un título y Nacional contrata jugadores extranjeros. Un sueño en el que Colombia no gana 5-0 a Argentina sino apenas 2-0 y luego no fracasa en el mundial.
Un sueño, como tantos otros, creado para evadir la realidad, para postergar el dolor de sentirse miembro de la religión de desocupados que dejaron el paraíso mucho antes que Adán y Eva. Para engañar a la realidad que dice que un hombre ajeno a uno se escapa con la mujer que uno ama.
No hay mucho más que decir cuando el balón que uno patea ya no sirve para nada, cuando todo es un verbo en pasado.
Claro que es ese dolor el que también le da esperanzas a uno. Siempre, y por más grande que sea la tristeza, hay una opción para la vida. Siempre queda el mañana. Siempre queda la posiblidad de salir en una cita a ciegas y encontrar una mujer que lo invite a uno a la esperanza. Siempre después de la derrota queda espacio en la rutina para desenmascarar la utopía. Para sonreir en el cemnterio de los muertos.
Hubiera dado casi que mi vida por ver a Millos campeón, hubiera llorado de emoción con un equipo alzando la copa ante mis ojos, hubiera puesto de testigo a mi piel erizada y hubiera entregado mi alma como ofrenda. Hubiera dado todo, es cierto, pero la mujer que amaba se fue con otro.
Por eso, desde este estadio vacío, desde este dolor de domingo en el que ya no habrá porque sufrir, le deseó la suerte a los rojos de Bogotá, a los hermanos de sangre que visten otra camiseta pero que respetan la misma ciudad.
Por ahora sólo sueño con soñar, y lo hago con los ojos bien abiertos, para poder encontrame algun día en la calle, con una mujer que me invite a la alegría, como esa desconocida que a veces siento que deambula por mi mente.
Como una posdata sólo quiero decir gracias millos, mi millos, por este año. Gracias por brindarme los mejores domingos, por ilusionarme, por tenderme la mano. Ya vendrán mejores épocas, ya vendrán otros momentos para celebrar. Por ahora sólo queda recordar que es la hinchada la que te hace grande y no los dirigentes cobardes que de FRANCOS no tienen nada. Ellos, en realidad, son los que desilucionan. Ellos son la mujer amada en pasado. La que traiciona y no deja de traicionar.
Porque como hinchas seremos fieles, porque hemos muerto de amor, pero sabiendo (como dice Fobia) que el amor nunca muere...
Publicado en Calle22
El fútbol es como la vida. Corremos a dormirnos para alejarnos de la realidad, para inventarnos trincheras que conduzcan a laberintos y, sin embargo, no podemos cambiar más allá de ese momento el dolor que es real.
El torneo colombiano, por lo menos como excusa, como inventario de la felicidad, como dato curioso, ya acabó para nosotros los hinchas de sangre azul. Los que hoy aún creemos que todo es un mal sueño, una pesadilla llena de dolor. Un sueño que ruego fuera viceversa.
Millos no queda eliminado. Santa Fe gana el cupo a la Libertadores. América no vuelve a ganar un título y Nacional contrata jugadores extranjeros. Un sueño en el que Colombia no gana 5-0 a Argentina sino apenas 2-0 y luego no fracasa en el mundial.
Un sueño, como tantos otros, creado para evadir la realidad, para postergar el dolor de sentirse miembro de la religión de desocupados que dejaron el paraíso mucho antes que Adán y Eva. Para engañar a la realidad que dice que un hombre ajeno a uno se escapa con la mujer que uno ama.
No hay mucho más que decir cuando el balón que uno patea ya no sirve para nada, cuando todo es un verbo en pasado.
Claro que es ese dolor el que también le da esperanzas a uno. Siempre, y por más grande que sea la tristeza, hay una opción para la vida. Siempre queda el mañana. Siempre queda la posiblidad de salir en una cita a ciegas y encontrar una mujer que lo invite a uno a la esperanza. Siempre después de la derrota queda espacio en la rutina para desenmascarar la utopía. Para sonreir en el cemnterio de los muertos.
Hubiera dado casi que mi vida por ver a Millos campeón, hubiera llorado de emoción con un equipo alzando la copa ante mis ojos, hubiera puesto de testigo a mi piel erizada y hubiera entregado mi alma como ofrenda. Hubiera dado todo, es cierto, pero la mujer que amaba se fue con otro.
Por eso, desde este estadio vacío, desde este dolor de domingo en el que ya no habrá porque sufrir, le deseó la suerte a los rojos de Bogotá, a los hermanos de sangre que visten otra camiseta pero que respetan la misma ciudad.
Por ahora sólo sueño con soñar, y lo hago con los ojos bien abiertos, para poder encontrame algun día en la calle, con una mujer que me invite a la alegría, como esa desconocida que a veces siento que deambula por mi mente.
Como una posdata sólo quiero decir gracias millos, mi millos, por este año. Gracias por brindarme los mejores domingos, por ilusionarme, por tenderme la mano. Ya vendrán mejores épocas, ya vendrán otros momentos para celebrar. Por ahora sólo queda recordar que es la hinchada la que te hace grande y no los dirigentes cobardes que de FRANCOS no tienen nada. Ellos, en realidad, son los que desilucionan. Ellos son la mujer amada en pasado. La que traiciona y no deja de traicionar.
Porque como hinchas seremos fieles, porque hemos muerto de amor, pero sabiendo (como dice Fobia) que el amor nunca muere...
Publicado en Calle22
Publicadas por
Andrés Gómez V.