El abrazo, en medio del llanto, en medio de la tribuna, fue para mi papá. Tenía que ser con él y para él. Él fue el que me presentó a Millonarios hace 30 años, una tarde de domingo y fútbol y sol a las 3:30 como solía ser.
Millonarios entonces no era como el de los últimos años. Eran las épocas de gloria y triunfos, donde un subcampeonato o un tercer puesto era un fracaso.
Desde entonces, sin importar nada más, yo he sido hincha azul. No un hincha de moda, ni un hincha de equipos que no llevó el corazón. Un hincha mendigante pero digno, que siempre está pendiente del equipo embajador. Uno de esos que no tiene que llevar la camisa tatuada, ni la bandera atada al cuello, ni la cara pintada, para saber que tiene el alma de un color azul profundo. Un hincha público y confeso.
Desde aquella tarde de 1982 siempre he ido al estadio. Siempre. Acompañado, solo, en grupo. En medio de la lluvia, del frío, del sol. He ido cuando Millos va bien, cuando Millos va mal y cuando Millos ha estado en el abismo. He estado en un estadio a reventar y en uno casi desocupado. He gritado, he llorado, he sufrido, pero nunca, nunca he abandonado.
He visto decenas de técnicos pasar. Se me han olvidado los nombres de centenares de jugadores. He guardado un par en el alma: Vivalda, Funes, Iguarán, Lunari, JohnMario, Mayer. He soportado hinchas clasiqueros, hinchas que se creen Mourihno, hinchas que madrean y putean y no vuelven jamás. Pero también he hecho amigos, compañeros de tribuna. Me he abrazado con desconocidos, he gritado junto a obreros, políticos, ricos y pobres.
Afuera del estadio he discutido de fútbol con argumentos y con pasiones. Con odios y con rencores. He expuesto los títulos, los records, los datos curiosos todo por no dejar nunca que Millos deje de ser el más grande por lo menos en mi corazón. He anotado datos y gastado palabras por defender al azul.
Pero ayer, 16 de diciembre de 2012 a las 8 pasadas de la noche, el abrazo, en medio del llanto, en medio de la tribuna, fue para mi papá. Él sabe el por qué y para quién. Él sabe que esta enfermedad genética tiene su nombre y su sangre. Él, a diferencia mía, se cansó de ver a Millonarios perder. De sentirlo como una finca de la mafia. De ver como mancillaban su nombre y opacaban su gloria. De como destrozaban lo que por años se construyó.
Lo entiendo y lo respeto.
Por eso, invitarlo a ver la final, llevarlo ahora yo de la mano -como el me llevó hace 30 años- para que fuera testigo de como Millonarios recuperaba su sitial en la historia, valió esos momentos de dolor que vivimos. Valió esas tardes maldiciendo a los directivos –grandes y Chiquis- y sobre todo, valió para entender que un hincha, sin importar la edad, sin importar hace cuanto no va al estadio, siempre, siempre podrá llorar de alegría. Aunque tenga 74 años, aunque la soledad viva en él desde hace unos meses. Todo, por que ver al equipo que se ama campeón, después de 24 años, junto a su hijo, renueva el optimismo en la vida y reafirma que el fútbol y el amor a un equipo es la única enfermedad de la que queremos morir.
Es saber que los dos moriremos del mismo hermoso mal.
Estas son mis confesiones. Unas confesiones de un hincha azul gracias a su papá. Unas confesiones que hoy dicen: campeones, volvimos y ahora tenemos 14!!!!
@andresgomezv confesionesdeunhincha@yahoo.com
CONFESIONES DE UN HINCHA
Desde pequeño me prometí ser hincha. Nada más que eso. Un mendigo del balón, del fútbol, un incondicional de Millos, un seguidor de jugadores talentosos, un vagabundo de estadios.